Las omnipresentes ranas ya no lo son tanto y sus poblaciones han disminuido mucho en las últimas décadas aunque estas cosas no se notan a veces en especies tan comunes y relativamente abundantes, sobre todo porque la atención mundial es acaparada por los escasos linces o los grandes osos.

Las ranas, entre otras muchas penurias, se ven afectadas por el uso de insecticidas y la introducción de voraces y exóticos peces para la pesca deportiva, aunque su mayor problema es la destrucción de su hábitat.

Por ejemplo, hace 10 años las acequias en la huerta de la ribera baja del Ebro eran como ciudades para las ranas pero en la actualidad muchas de estas se han cubierto o han sido remodeladas con cemento y resultan hostiles para la vegetación y la fauna, que se asienta tímidamente y en puntos muy localizados. Sepultar lagos y lagunas o desecar carrizales también es un deporte que reduce el área útil de reproducción de las ranas.

Es una suerte que sean unos animales tan despiertos y fuertes, que llegan incluso a desplazarse decenas de kilómetros por el seco desierto veraniego de los Monegros para alcanzar los puntos de agua más inhóspitos y lejanos donde criar a gusto. Para lograr su objetivo caminan al abrigo de la noche, descansando durante el día bajo la tierra o las piedras.

Otra cosa que he observado es que hay menos ranas que llegan a ser realmente viejas, pues hace años era normal ver ejemplares de gran tamaño, cosa rara en estos tiempos. Cuando se localiza una rana abuela puedes visitarla durante varios años y siempre la encuentras descansando en el mismo sitio. La de la imagen es de una imponente talla M y vive en un buen rincón de la fuente de Argente (Teruel), donde podría llegar a XL en unos pocos años si todo le marcha bien.

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