Las fresas que comemos habitualmente proceden de la Fresa Salvaje (Fragaria vesca). Su tamaño es mucho mayor pero el sabor de la original es imposible de imitar.

Si vas caminando por Pirineos fijate en los márgenes de los senderos y descubrirás unos diminutos puntos rojos colgando de los tallos florales. No las confundas con los frutos de la Dulcamara (Solanum dulcamara) que son tóxicos como otras plantas de la familia de las solanáceas.

La Fresa es de la familia de las rosáceas y presenta las hojas dividivas en tres foliolos con los bordes dentados, cuyos peciolos nacen directamente de una roseta basal y, como puede verse en la imagen, son pilosos. En realidad una fresa no es un fruto, pues se trata de un engrosamiento del receptáculo floral. Los frutos auténticos son las pepitas o semillas que hay sobre esta sabrosa estructura.

La reproducción de la fresa es muy rápida porque además de propagarse a través de las semillas dispersadas por la fauna que germinan en lugares húmedos, algo sombrios y con un suelo rico en humus, la planta forma unos tallos especiales llamados estolones que se extienden en todas direcciones arraigando y formando nuevas rosetas.

A mi parecer esto genera una paradoja, pues aunque las nuevas plantas formadas a través de estolones sean completamente independientes su material genético es idéntico por lo que prados llenos de matitas de fresas pueden considerarse como un único ejemplar desde este rebuscado punto de vista. Se trataría de prados de clones. Después de esta paja mental sobre la que espero que no mediteis mucho, que aún es verano pero lo bueno se acaba, lo mejor es animarse a comer unas fresas salvajes que están muy ricas, antes de que termine la temporada.

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