Las ranas son buenas nadadoras y en los aljibes rara vez se ahogan, aunque no puedan salir y no dispongan de nada para subirse a tomar el sol y descansar. En este aljibe de Monegrillo las ranas aprovechan el cadáver de un gazapo ahogado como plataforma. El reciclaje en el mundo de las ranas no termina aquí y la carne del conejo será consumida por los renacuajos en cuanto empiece a descomponerse.

Un nutrido grupo de ranas se apiñan sobre un corcho posiblemente traido por el viento. Esto y el gazapo son los únicos apoyos que encuentran en el aljibe. Otras ranas permanecen flotando en el agua o se agarran suavemente a los relieves del cemento.

En mi más tierna infancia y antes de interesarme por otros aspectos de la naturaleza, simplemente me sentía fascinado por el animal Rana. Las buscaba en las acequias y en el río para verlas saltar y esperaba agazapado a ver donde salían y que hacían. Un día quise atrapar una y no se me ocurrió otra cosa que tirarle una piedra antes de que me diera esquinazo buceando. Quedó atontada en la orilla y corriendo busqué un punto por donde cruzar la acequía. Cuando la cogí se movía de forma extraña y descordinada. Estaba agonizando. La pedrada la mató y al rato dejó de moverse.

El suceso me impactó mucho y me entristeció haber matado a la rana. A partir de entonces patenté un método para capturar a las ranas vivas. Con un pie en cada lado de la acequía iba recorriéndola en toda su longitud y hurgando con las manos bajo el agua donde había visto saltar alguna. Las que se escapaban las capturaba en el viaje de vuelta. Antes ya había probado a cazarlas con redes pero eran poco efectivas porqué se enganchaban con las ramas y piedras y además las ranas se entierran en el fango del fondo para quedar totalmente ocultas.

Con 15 años ya no tenía que cazar más ranas, aunque seguía cogiéndolas por placer. En los estanques de mi jardín vivía una próspera civilización de más de 100 ranas. Todas las noches recorría con linterna los rincones del jardín para observar las actividades de los anfibios y verlas comer lombrices. Con el tiempo las ranas aprendieron a trepar por la hiedra y saltaban a los jardines de los vecinos, convirtiendo la manzana en la más musical en las noches de verano.

Hoy día, capturar animales salvajes para mantenerlos en cautividad no es una práctica que comparta a pesar de haberlo hecho en mi infancia. Es lo que tiene ser de pueblo y vivir rodeado de campo. De todas formas si dispones de un amplio y selvático jardín existen muchas formas de crear ambientes atractivos para la fauna y atraer todo tipo de animales sin tener que ir a por ellos.

Además, en la actualidad, las ranas y el resto de anfibios, están sufriendo un gran retroceso por la destrucción de su hábitat. Las acequias ya no son de tierra y se hacen de cemento o se transforman en grandes tuberías cubiertas. El abuso de productos químicos en el campo y la eliminación sistemática de lagunas y charcas ha hecho que las poblaciones hayan disminuido enormemente en muchos sitios. En la huerta de la ribera baja del Ebro es un hecho constatado pues antes había ranas a toneladas y hoy sólo quedan en algunos puntos poco o nada modificados. En el río hay nuevos depredadores como el Siluro y el Lucio que representan un gran peligro para los anfibios y sus puestas.

La población de ranas del monte, mucho más escasa de siempre que las de la huerta o el río, parece ser la más estable hasta ahora. Sin embargo el progesivo deterioro de muchos aljibes también supone una amenaza para su futuro. Afortunadamente hay todavía grandes balsetes como el de San Benito en Farlete donde siguen proliferando las ranas. En mi última visita de ayer me sorprendió verlo infestado de la voraz Gambusia, la cual podría estar depredando las puestas de las ranas o molestando a los jóvenes renacuajos.

Resulta sorprendente pensar que un animal tan ligado a los ecosistemas acuáticos sobreviva en ambientes tan áridos como el secano y las estepas de Monegros y más si tenemos en cuenta que los puntos de agua están alejados a veces muchos kilómetros o que es frecuente que durante el verano se sequen totalmente. Las ranas han de disponer por fuerza de potentes radares de humedad que les guían en sus incursiones nocturnas de una balsa a otra. No es que sean muy valientes por cruzar estos secos campos con su delicada piel, es que les va la vida en encontrar agua.

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