Resulta muy interesante observar el entorno y meditar sobre la cadena de procesos que ha actuado para dar forma a un paisaje. Hay que tener en cuenta el tipo de suelo, la vegetación, el clima y cualquier otro factor sea cual sea su origen que nos ayude a explicar lo que vemos (antiguas minas o canteras, presas, incendios, etc). Todos estos datos se introducen en nuestra olla craneal y se ponen a cocer a fuego lento, mientras nos fumamos un cigarrillo.

Haced la prueba, lo que no mata engorda. Está claro que cuantos más conocimientos de geología, geomorfología, climatología, botánica e información histórica del lugar tengamos, más probabilidades tenemos de llegar a resolver y explicar el enigma. No obstante, no es necesario saber de que especie son los árboles que crecen en el bosque y puede ser suficiente el darse cuenta de que en pendientes muy inclinadas estos no logran desarrollarse. Del mismo modo tampoco es preciso saber si se trata de caliza, conglomerado o grava de río jurásica, mientras tengamos claro que se trata de un sustrato que el agua puede desgastar.

Digo esto para que quede claro que cualquiera puede intentar y conseguir descubrir el porqué de un paisaje. Ahora sería interesante que antes de seguir leyendo intentaseis analizar el paisaje de la imagen. No necesitáis más que saber que un kilómetro aguas abajo del río hay una presa y que el ecosistema es un bosque del prepirineo.

A su paso por Santa María (Huesca) el río Asabón está recrecido por el embalse de La Peña. El agua se acerca a la montaña y erosiona sus bordes. Esto no sólo ocurre durante las crecidas ya que el agua desgasta la tierra con el simple oleaje. Cuando las pendientes que se generan son demasiado grandes la vegetación termina por desaparecer y a los procesos erosivos del agua en la base de la montaña se suma el poder erosivo del viento, que actúa directamente sobre la tierra desnuda a todos los niveles.

En la imagen puede verse como a causa del desplome o deslizamiento de una ladera se ha creado una zona de pendiente más suave en forma de embudo invertido, que ha podido ser colonizada por la vegetación. Esto no significa que la erosión se detenga pero deja claro el poder de las plantas a la hora de mantener a raya la pérdida de suelo.

Cualquier ecosistema, sea más o menos frágil, utilizará todos sus recursos para preservar su estatus y reparar los daños que pueda causarles cualquier desastre. Esa fuerza de la naturaleza es superada muchas veces cuando además de los desastres naturales (incendios, plagas, inundaciones, sequía, etc) es la mano del hombre la que repetidamente causa una agresión tras otra en el ecosistema, sin darle tiempo para que se recupere por sí sólo.

El colmo de todo esto es cuando las acciones del hombre por recuperar un ecosistema en peligro son tan desafortunadas que, además de consumir una ingente cantidad de recursos económicos, contribuyen a acelerar el proceso destructivo. Si no se tiene la certeza de que la restauración artificial va a ser mejor que la regeneración natural, lo mejor que se puede hacer es olvidarse del lugar y volver a visitarlo pasados 25 años. La naturaleza nos dará entonces una gran sorpresa.

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