SimCity es un juegaco nacido en 1989 de la mente de Will Wright. La partida comienza con unos dolares y un terreno generado al azar, aunque es posible modificar parámetros como relieve, masas boscosas y masas de agua.

Como fundador y alcalde de tu ciudad puedes construir como quieras y donde quieras. Lo más usual es construir una central de generación de energía y delimitar unos polígonos industriales, zonas comerciales y luego residenciales. Todo ello debe comunicarse con carreteras para que los nuevos habitantes de tu ciudad puedan ir al trabajo y se genere empleo y riqueza.

Antes de seguir leyendo os alerto para que no relacionéis la palabra alcalde con Belloch ni la palabra ciudad con Zaragoza. Voy a hablar de un juego de mi infancia. Todo lo que sigue es ficción y entretenimiento. Avisados estáis…

Comenzando con ilusión

En pocos años puedes gozar de la ciudad de tus sueños. La población sigue en aumento y si te falta el dinero sólo has de subir los impuestos un poquito. Puedes apretar las tuercas hasta que aparezcan las primeras manifestaciones y la delincuencia empiece a representar un problema real. Entonces puedes comprar comisarias.

No hay que descuidar las carreteras, ya que pasados unos años el pavimento se deteriora. A petición popular construyes universidad y un circo para entretener al personal. El vulgo lo agradece y puedes subir más los impuestos con la excusa de mantener el estado del bienestar.

La población sigue creciendo y expandes la ciudad hacia el bosque. Algunos grupos ecologistas protestan por la contaminación y la destrucción del entorno pero lo solucionas con más comisarias y plantando extensos jardines en todos los huecos que te quedan dentro de la ciudad donde no has podido urbanizar debido a relieves complicados o escaso espacio.

Cuando todo se normaliza y la ciudad es demasiado grande siempre tienes algún desastre que atender, como incendios o accidentes aéreos o de tráfico. Los atascos se hacen insoportables en algunas zonas pero tu estas preocupado porque quieres construir más para tener más población y recaudar más impuestos.

La partida se complica

Pero no te queda espacio. Has urbanizado todo el mapa. Ahora empieza el juego de verdad. En las situaciones difíciles es cuando se comprueba si tienes madera de alcalde o eres un déspota hijo de puta.

Yo jugaba como un déspota hijo de puta. Dirigía el bulldozer a las zonas menos optimizadas, que coincidían con el núcleo inicial de la ciudad y lo arrasaba todo para dejar lugar a nuevos megaedificios muy pegadicos entre sí.

Para evitar atascos les metía a los nuevos pobladores zonas industriales pegadas a sus casas y mega centros comerciales en bloque. Al pegar tanto los edificios entre sí me ahorraba un dineral en carreteras y tendido eléctrico.

Las antiguas centrales eléctricas eran demolidas para construir una nuclear mucho más rentable al lado del aeropuerto. Los impuestos al límite y a dejar correr el tiempo.

Casi arruinado en la recta final

Con el dinero suficiente podías usar el bulldozer para aplanar relieves abruptos y allanar montañas pobladas de bosques. En un abrir y cerrar de ojos disponías de nuevos espacios donde plantar inmensas áreas industriales. Los ríos también podían manejarse a tu antojo y lo mejor era tirar de bulldozer para convertirlos en estrechos canales urbanizados hasta el borde del agua.

Cuando la partida estaba en su momento más álgido y quería edificar hasta el último rincón del mapa para hacer récord de habitantes, el dinero solía escasear y la mejor solución era pagar a los servicios públicos el 70% de su sueldo.

Los fuegos se hacían preocupantes, la delincuencia aumentaba, las carreteras se volvían caminos de cabras y los atascos eran el pan nuestro de cada día.

Pero la población estaba asentada y no disminuía fácilmente. En caso de descenso poblacional había que jugar con pequeños ajustes a la baja de los impuestos. Una vez estabilizada la población se construye una pequeña biblioteca en el barrio y se acude a cortar la cinta inaugural.

Última fase: mirarse el ombligo

Aburrido ya de la partida y despreocupado ya de las necesidades reales de la ciudad que había fundado y transformado en un monstruo, me dedicada a arrasar un sector del mapa, lejos de zonas industriales. Era el lugar elegido para reconstruir el Ayuntamiento. Lo rodeaba de bellos espacios ajardinados y lo comunicaba con aeropuerto, universidad y museos más importantes con autovías y tranvías.

Tenía que ser un lugar cómodo, pues se trataba de mi lugar de trabajo. Un alcalde no puede estar rodeado de miseria, no queda bien. Además a estas alturas ya no me importaba la opinión pública, ni los sondeos ni los periódicos. Iba a seguir siendo el alcalde porque la partida era mía. Era mi SimCity y punto.

La vida real debería ser distinta y Zaragoza no debería ser el Simcity de nadie. En las ciudades de verdad son sus habitantes quienes tienen el timón. No hay que olvidarse de las cosas aunque haya pocas ciudades de verdad por aquí.

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