Ellas, dos treintañeras normales, vestidas de vaqueros normales, con pelos normales y caras normales.
Yo, también treintañera, debatiéndome internamente entre comprar una lejía normal o comprarla perfumada.

Nada hace presagiar lo que estoy a punto de escuchar en el pasillo de detergentes varios y desatascadores de Mercadona.

Treintañera normal 1: «Es que, ¿sabes? al pervertido de mi ex le molaba darse por el culo a si mismo…
Treintañera normal 2: «¡Que fuerrrrrrte!, ¿y se retorcía la polla y se la metía, o que?
Treintañera normal 1: «¡Halaaaa burra!, ¡con un consolador!
Treintañera normal 2:«Ah! ya decía yo, JAJAJAJA!!»
Treintañera normal 1: «JAJAJAJAJA!!!!»

Se van del pasillo sin mirar atrás, carcajeándose, dejándome petrificada con una garrafa de lejía en la mano que me apresuro a devolver al estante.
Cojo varias cosas más, paso por caja, guardo compra en maletero, abro puerta piloto, me siento, meto llave.
Arranco.

Que levante la mano quien haya pensado como primera opción que el ex la tenía de metro y medio y le llegaba.

Yo también lo pensé.