Me levantaba sobre las 08:00, desayunaba un café con leche, me vestía y pitando, me iba al curro.

Fue hace una eternidad. Tenia otro curro, vivía en otra cuidad, iba a los sitios en bici, no me sobraban kilos y dormía las noches del tirón.

Aún con todo, no estaba muy contenta. Creo que el trabajo que tenía no me gustaba. Bueno…en realidad, lo odiaba.

Lo odiaba tanto que me daban nauseas. Una mañana de pedaleo al infierno, vi un pajarillo que saltaba en la calzada, rescatando con su pico migajas del suelo. Era un gorrión.
Me pareció un ser feliz, a gusto con su vida, trabajando desde hacía un par de horas, seguramente.
En esos momentos quise ser un gorrión. Quise ser ese gorrión.

Ese pensamiento lo tuve por primera vez hace ocho años y desde entonces, cada día que tengo que me resulta duro, o en temporadas en las que me cuesta sentirme contenta me imagino que soy un pajarillo que vuela.

A veces vuelo tanto que temo no regresar nunca a tierra.