Presentación
Ni me llamo Pete (qué nombre tan feo, por cierto), ni soy drogadicto. Ni siquiera soy un hombre. Pero yo también me estoy quitando.
Me estoy quitando de la novela negra, criminal, detectivesca, sangrienta, de terror, de fantasmas, de asesinos, de psicópatas, de agresores, de locos, de zombis, de juicios, de cárceles…y aunque sé que hay un mundo de lectura más allá de la negra, nada me gusta lo suficiente.

Mi historia
Todo comenzó cuando, en teoría, no debería haber comenzado: cuando nació mi primer hijo.
No sé que oscura triquiñuela freudiana hizo mi mente pero la maternidad me trajo un ansia de leer asesinatos insólita.

En seguida me di cuenta de que yo era de las sanguinarias. Así pues, las contracciones y los tres días de postparto del hospital de mi primer hijo los pasé con «La danza del cementerio» de Douglas Preston y Lincoln Child y del segundo hijo, dos años después, con «Asesinos sin rostro» de Henning Mankell.
Entre pañales, lactancias y gateos me metí entre pecho y espalda a toda la caterva de autores escandinavos (que saben matar como nadie). No contenta con eso, arramblé con libros de todos los orígenes: chinos, cubanos, españoles, británicos, americanos.
Me daba igual en papel que en Kindle, lo que no me daba igual era el argumento, o había crimen o no me ponía.

El antro donde pillaba
Llegaba a la biblioteca una vez cada diez días aproximadamente. Primero me paseaba despreocupadamente entre mesas atestadas de libros y cajas a medio vaciar de más libros. Mi proveedora particular de novela negra (la bibliotecaria) resultó ser una adicta, como yo. Así que me guiaba entre la mercancía recién recibida y me tentaba a leer decenas de libros que ella ya había leído antes que yo.
La verdad es que siempre tiene buenos consejos lectoriles.

Me solía ir con dos o tres libros pertenecientes a una serie de novelas del mismo autor y sobre el mismo detective.
A los diez días, mas o menos, se repetía el proceso.

Cuando toqué fondo
A comienzos de curso, me apunté a un taller de creación literaria y eso fue el comienzo del fin de mi adicción.
No sé como pasó, pero un día fui a la biblioteca y me sorprendí alargando el brazo para coger «A la sombra del granado» de Tariq Alí.
No lo pude terminar.

Desde entonces he leído cosas de Julian Barnes, Paul Auster, Alice Munro y algún autor más del que no recuerdo su nombre.

Actualmente

Me cuesta leer novelas de ritmos lentos, me aburren una barbaridad. Mi cerebro no computa que no pase algo macabro cada diez páginas, o que no haya un poli o detective asqueado de la vida y medio desahuciado encargándose de un caso, o que no se masque la tragedia cuando el autor comienza a describir la plácida vida de algún personaje.

Asi que, hola, me llamo Senda y tengo un problema.

¡Bienvenida Senda!