Cuatro veces quedó preñada mi mujer, cuatro veces perdió al bebé y en la última casi la perdí a ella. Por eso, el día que me dijo que volvía a estar encinta no me quise alegrar demasiado. Pero pasaron los primeros meses y nada terrible sucedió. Luego llegó el verano y por fin pude ver a mi mujer con la enorme tripa de las embarazadas.

A comienzos de otoño nació nuestra preciosa niña a la que le pusimos el nombre de Hortensia.
La luz de nuestros ojos creció al abrigo de nuestros cuidados y desvelos, la mandamos a la escuela y, aunque aprendió a leer y a escribir, enseguida vimos que no era muy larga de entendederas. Pero eso no importaba ya que nuestra dulce hija era bondadosa, alegre y tan hermosa que con diecisiete años la rondaban buenos mozos.

Pero la desdicha no se había cebado lo suficiente con nosotros y el Diablo, manejándonos a su antojo, puso en el mismo camino a mi Hortensia y a un malnacido al que llamaban Juan “el Cañamón”. No es preciso decir qué sucedió, el lector se componga su historia, sólo añadir que Hortensia quedó deshonrada y forzada y que la mil veces maldita semilla del Cañamón encontró fértiles pastos en el vientre de la niña, dejándola preñada.

El Cañamón fue apresado tras dar el parte de la violación. Mi mujer y mi hija se marcharon al pueblo a pasar el embarazo. Allí, las habladurías de las vecinas serian menores.
Yo me vi de pronto destrozado, sin honor y con una sed de venganza indigna de un buen cristiano. Así que el día en el que leí en el periódico que se buscaba cocinero en la prisión de Zaragoza, cerré la zapatería y me presente en Torrero. A juzgar por la rapidez con la que me cogieron creo que fui el único en presentarse.

Me costo muy poco hacerme con las faenas y aun menos congraciarme con el preso que compartía celda con el Cañamón.
El gitanico Pedro Estébanes era un mozalbete ladronzuelo y pillo y bastante chismoso, así que gracias a él supe que el Cañamon tenia mujer y que moría de celos pensando que se la pegaba con otro. También gracias a Pedro conseguí sembrar la duda en el Cañamón, sugiriendo que su mujer, tal y como el sospechaba, se veía con alguien.

Tal era mi ira que no me paré a pensar en las consecuencias que para la desdichada señora tendría mi plan, tan solo quería matar al Cañamon y para eso lo necesitaba fuera de la cárcel y en un sitio a donde seguro acudiría con presteza: su casa. El gitanico Pedro le fue con la historia al compañero y también le dejó caer que el cocinero dejaba todas las mañanas la puerta de la cocina abierta para airearla.

Los periodistas nunca se explicaron como se las ingenio el Cañamon para salir por la cocina; yo jamás me explicaré como demonios pudo salir de su celda siquiera, sin ser visto.

Pero a lo que me llego el recado del gitanico de que el Cañamon se había escapado ya era demasiado tarde para darle alcance de camino a su casa, que era lo que yo pretendía, así que salí corriendo hacia el barrio del Sepulcro, donde vivía ese maldito. Estaba tan obcecado a lo que iba a hacer que no me percate de que portaba el delantal de cocinero, aún manchado de la sangre de los pollos que había deshuesado aquella misma mañana, y una cuchara de madera en la mano.

Ya al pisar la calle del Cañamón oí los gritos y el sonido de cristales rotos. Acerté a ver una figura agazapada en el tejado, entre dos casas, lanzando tejas a la calle y profiriendo las mas temibles maldiciones. Subí a la azotea de la casa vecina por una escalerilla y fui sorteando claraboyas y buhardillas. De pronto vi venir hacia mi la enjuta silueta del Cañamon, iba desnudo a excepción de los calzones por cuya abertura de orinar colgaba pendulante su miembro viril que se sacudía a cada zancada como si tuviese vida propia. Yo mismo no hacía mejor facha con el delantal ensangrentado y la cuchara de madera que me había empeñado en no soltar. Por un momento nos quedamos paralizados, frente a frente en los tejados, como dos batientes en duelo esperando el desenlace fatal, el Cañamón tenia la cara desencajada y finalmente gritó:
-¡Que he matado a la Milagros!, quió, ¡que tengo que escaparme!
-No te apures Juan -le contesté- que enseguida te hago alcanzar el suelo – y en un rápido revés le arreé un cucharazo en la cara, lo levanté en volandas y lo tiré al patio de luces, donde cayó como un fardo de carne seca y huesos, ocho metros mas abajo.

Ya asomaban los primeros vecinos por las ventanas así que huí del tejado y regresé a la prisión. Conté que había corrido en pos del fugado y que no había podido darle alcance. Nadie pareció dudar de mi palabra.
El asunto de la fuga se comento largamente en los periódicos y, como finalmente el Cañamón murió por las heridas de la caída unas semanas más tarde, estuvimos una temporada teniendo noticias de ese maldito a través de los heraldos.
Mi querida Hortensia dio a luz un bebe varón. Tan solo quería escupir y maldecir ese nacimiento, pues pensé que ese niño me recordaría toda la vida la deshonra hecha a mi hija, pero era tal el amor puro e incondicional de mi niña a ese bebe que mi mujer y yo acabamos ablandándonos. Al fin y al cabo el niño no tenia culpa de nada y sabiendo que el Cañamón ardía en el infierno el mundo me parecía un lugar mejor.