(Este relato lo presenté al IV Concurso de relatos de El Burgo de Ebro. No me comí ni un rosco y sin embargo, es uno de mis relatos favoritos)

 

Erase una vez un hombre que vivía en un sótano lúgubre, húmedo y penumbroso.
No sabía como había terminado viviendo allí. Lo que sí sabía es que no podía salir.

Sus días transcurrían monótonos y tristes y su cabeza divagaba demasiado a menudo hacia ideas de muerte y dolor.
A través del ventanuco que daba a la calle veía pasar cada día cientos de zapatos, andando de un sitio a otro. Hombres, mujeres, niños y animales transitando por una ciudad inalcanzable para él.
Tan solo los pajarillos, en sus diminutos saltos por la calle en busca de migas, lo miraban llenos de curiosidad, o al menos eso pensaba el hombre, deseoso de que algún ser vivo se diese cuenta de su existencia.

“Soy transparente, como un fantasma”- pensaba. Pero no era un fantasma, pues padecía tanto sufrimiento como los vivos y sus anhelos de salir de allí eran tan intensos que había noches que sentía que volaba, que se elevaba del mísero camastro en el que dormitaba y por unos instantes la sensación de libertad era real, hasta que topaba con el techo del sótano.

Un día despertó notando que algo había cambiado y no estaba como siempre. ¿Qué era?, ¿acaso había menos luz?, ¿acaso estaba muerto?, se miró las manos, no parecían tener nada distinto, miró a su alrededor extrañado y se le erizó el vello de la nuca.
Alguien lo observaba desde la calle, a través de la ventana.
Lo insólito de la situación lo paralizó, el corazón le latía desbocado y el hombre no sabía si era de alegría o de terror.
Se trataba de un muchacho joven, desgreñado, flaco y de pelo castaño, que acuclillado y con los ojos entornados, lo miraba con igual o incluso más curiosidad que los pajarillos.
El hombre se acercó, los separaba un cristal y varias capas de mugre pero oyó perfectamente al joven que le preguntaba:
-¿Quién eres?
Hacía tanto tiempo que no hablaba que primero graznó, como un cuervo viejo y negro.
-¿Qué?- le apremió el joven- No te he entendido.
-Soy…soy, el que vive aquí, el que está aquí- balbuceaba- Soy el hombre que vive en el sótano.
El muchacho asintió, como comprendiendo todo lo que eso significaba.
-Deberías salir a que te dé el sol, tío, das pena.
-No puedo salir, la puerta siempre está cerrada.
El joven giró la cabeza de pronto, como si alguien lo llamase, se levantó y se sacudió el pantalón. El hombre del sótano ya pensaba que se había terminado la conversación cuando el joven volvió a agacharse bruscamente, sobresaltándolo.
-¡Pues sal por la ventana!- dijo mientras se levantaba de nuevo y se marchaba caminando a zancadas.

Sal por la ventana. Sal por la ventana. Sal por la ventana. Esa frase quedó resonando una y otra vez en su cabeza como el eco en las montañas.
De eco pasó a idea, y así transcurrieron varios días más, en los que nada volvió a suceder.
Una noche, la idea se transformó en determinación y al amanecer, la determinación pasó a ser acción.
La ventana estaba mugrienta, y el pestillo parecía oxidado. Intentó bajarlo, pero no cedió ni un milímetro.
Estuvo forzándolo durante todo el día y estaba a punto de darse por vencido cuando sintió un leve crujido en el cierre. Sus fuerzas se renovaron y su esperanza también, así que siguió haciendo fuerza.
El cierre comenzó a bajar despacio, cada milímetro de holgura ganado era un triunfo tal que el hombre reía y farfullaba en un estado de euforia demente.
Al amanecer del tercer día, con un crujido final, el cierre terminó de deslizarse hacia abajo.

La hoja de la ventana no se abrió a la primera, hicieron falta varios intentos para que se desprendiese del marco.
El vano de ese pequeño ventanuco le pareció la puerta abierta al paraíso. Ahora veía los coloridos zapatos con toda su intensidad, oía el taconeo de las mujeres, los ladridos de los perros, el canto de los pajarillos, los olores de la ciudad.
El hombre lloró de alegría durante mucho rato, retorciéndose en el suelo. De la alegría pasó a la pena y siguió llorando mucho tiempo, hasta que se quedó dormido sobre el frío suelo de cemento, bajo la ventana abierta desde la que se veía un cielo sin estrellas.
Cuando despertó se sintió con fuerzas para salir y, encaramándose al catre, trepó por la ventana. Le cabía la cabeza, le cabía un brazo y si se giraba un poco, le cabía el otro, pero el resto de su cuerpo no podía pasar.

Se dejó caer de nuevo hacia el interior del sótano, estaba tan cerca…
Decidió no sucumbir a la desesperación y dejó de comer.
Ayunó durante tantos días y tantas noches que creyó hacerse transparente de verdad, su cuerpo se debilitó pero su voluntad siguió férrea. Al principio, el hambre le aguijoneaba el estómago, pero al cabo de muchos días dejó de sentir dolor. El sueño y la vigilia se mezclaron y comenzó a tener visiones monstruosas de gusanos que le devoraban desde dentro y de arañas que le salían de la boca.
Su sótano se llenó de espíritus malignos, de olores nauseabundos y de gritos de angustia y terror.

Lo visitaron las cucarachas, sintió sus nidos enredándose en su pelo, a las ratas mordisqueando sus dedos y una sed infinita abrasándole la garganta.
No sabía qué era real y qué era imaginario, ni siquiera sabía ya si estaba en el mundo de los muertos y eso era la eternidad de la que tanto hablaban.
Una madrugada, después de mucho, mucho tiempo, abrió los ojos. Estaba vivo.
No había cucarachas en su pelo, ni arañas en su boca, y sus huesudos dedos estaban intactos. Pero la infernal sed seguía ahí.
La ropa le colgaba sobre los huesos y el pellejo en el que se había convertido.
Se encaramó de nuevo por el ventanuco. Pasó la cabeza, un brazo, el otro y el resto del cuerpo se deslizó hacia la calle. Se quedó tendido sobre la acera, en posición fetal, era de noche y la calle estaba desierta.

Su garganta abrasaba, pero el hombre estaba tan débil que no podía incorporarse.
Se arrastró un poco y alargó el cuello para lamer el agua de un charco. Eso no era suficiente pero al menos consiguió aplacar el ardor.
Reptó trabajosamente hacia la pared, y con un esfuerzo titánico se sentó, apoyando su espalda a escasos centímetros de la ventana abierta por la que acababa de salir.
Debió quedarse dormido porque cuando despertó todo era bullicio a su alrededor. La gente no lo miraba especialmente, quizá pensaban que tan solo era un vagabundo más.
Permaneció sentado en el mismo sitio varios días. Sabía que moriría si no sucedía algo y él no tenia fuerzas para hacer que nada sucediese.

Algunas personas le echaron monedas, algunos niños lo miraron fascinados, algún perro orinó cerca y un día, una mujer le dejó un bocadillo y una botella de agua.
Bebió y comió despacio, llenándose poco a poco y volviendo aún más poco a poco al mundo de la cordura.

Cuando tuvo fuerzas suficientes recogió las monedas y se levantó.
Era otoño, soplaba la brisa y hacía fresco. No sabía a donde dirigirse pero poco le importaba, así que, renqueante, débil y casi sonriente comenzó a caminar hacia delante.