Somos unos exterminadores.
Al principio me subía en las sillas cuando una de ellas corría por el suelo de la cocina, llamaba corriendo a mi maridín para que viniese raudo, zapatilla en ristre, a cargarse el bicho.
Eso fue antes de la invasión masiva y de mis ataques de insomnio provocados por los desfases de sueño del primer trimestre del embarazo.

Después, vinieron las pilladas in fraganti a altas horas de la madrugada. Encendía la luz de las escaleras y ¡arrea! como bajaban escalones esos seres negros y abyectos. Huían de mi como del demonio sin sospechar que, ellas mismas me resultaban el demonio.
En esa época comencé a fumigar directamente sus cuerpos brillantes con Casa y Hogar aroma lavanda pero recordemos que estaba en el primer trimestre del embarazo y el olor me producía tales arcadas que las ejecuciones no terminaban mas que conmigo inclinada sobre la taza del váter y varias cucarachas escapando indemnes.
Después, llegó Raid aroma frescor natural con un porcentaje de Tetrametrina mayor que otros de su misma calaña.
También acabé odiando su olor.

Noche tras noche, decenas de ellas caían. Sus cadáveres se iban por la taza del váter (no creo en la resurrección de la carne pero dejarlas por la basura de la cocina me daba mal fario)
Tapábamos grietas con yeso, hacíamos pulverizaciones preventivas. Colocábamos cebo por los armarios del fregadero. Fabricábamos trampas sacadas de internet. Limpiábamos escrupulosamente el suelo de la cocina y encimeras para no dejarles ni una triste migaja (el pequeño de dos años ha contribuido muy activamente a su alimentación).

Luego, llegaron las vacaciones.
Una semana fuera. Siete días de silencio y tranquilidad.
Cuando volvimos no había cucarachas. Alguna minúscula que ya matábamos a pisotones pero, nada de las cuadrillas de antaño.
Un par de semanas después siguen desaparecidas.
Creemos que se han muerto de soledad.
O que están preparando la huevada padre y nos vamos a cagar.