Te despertaste de mal humor. No. Era mas que mal humor. Te despertaste en carne viva. Cualquier cosa, cualquier tono, cualquier mirada era suficiente para mandarlo todo a la porra en el universo emocional en el que te habías metido.
Hacia un frío de la hostia y yo no estaba en mi mejor momento, me molestaba la panza, los mocos, la tos anunciando la primera bronquitis de 2015.
Me puse el abrigo y te pregunté si querías venir a dar un paseo conmigo, me pareció una idea sin futuro sin embargo, me dijiste que si.

Y así nos fuimos, de la mano, caminando lentamente por unas calles casi vacías porque la gente ya preparaba sus Nocheviejas. Hablamos de todo y de nada, «fíjate que luces», «mira ese gato que se ha escondido debajo del coche», «los árboles están sin hojas». También estuve un rato canturreando villancicos pero, la mayor parte del paseo la dimos en completo silencio.

Eras tú, pero parecía que tenías un siglo y que, después de haber exprimido tu vida nada era mas importante para ti que cogerme de la mano y caminar en silencio a mi lado.
No torcías los pies, no hacías las gansadas a las que me tienes acostumbrada y que tanto me irritan unas veces y me hacen descojonarme otras. Me pareció increíble que solo tengas 2 años y 8 meses.

Al cabo de casi una hora decidimos volver a casa.
Me pediste ser tu quien llamase al timbre y, al entrar, te quitaste el abrigo y me lo diste en la mano, cuando yo me quitaba el mio me diste las gracias y te metiste para adentro.

¿Gracias?, creo que nunca sabré si me las diste por cogerte el abrigo y colgártelo de la percha o por no haberte soltado de la mano durante una hora o por haber hecho una paradita en el parque pese a los cero grados.

Solo se que también volví agradecida.

Creo que serás un gran tipo.