Ayer me desperté la primera. Aún no había movido ni un dedo cuando sentí que los músculos de mi cuello se habían dispuesto en pepitoria y ninguno estaba donde le correspondía.
Me quedé quieta paralizada.
¡Colocaos malditos!
Sabía que si me movía todo se iría a la mierda, pero mi cama estaba atestada de criaturas menores de cuatro años que habían detectado el movimiento de mis globos oculares y comenzaban a moverse.
Puse un pie en el suelo.
¡Ouch!
Puse el otro pie en el suelo.
¡Ay pues no parece para tanto!
Me levante del todo.
y mi cuello sonó como morder un guirlache con hambre

No, si doler, no es que doliera mucho. Lo peor era la rigidez de nuca que me hacia girar todo mi estupendo torso cada vez que me hablaba alguien.
«Es que tengo torticolis, no es que vaya de chula girándome en escorzo»

Después de gastar mal humor, llorar un poco y jurar, decidí interrumpir la apacible tarde de mi amiga Mistress Sancho y sus mellizas y para su casa que me fui con mis tres machotes y mi chulería al cuello.
(Mistress Sancho, además de mi amiga y madre de dos campeonas, es fisioterapeuta)
Un par de horas después nos bebíamos, sentadas en su cocina, el te de la victoria (ella es muy de «a cup of tea?») mientras los tres machotes y las dos campeonas desordenaban concienzudamente los juguetes.

Esta mañana me he levantado temerosa de Dios, «a ver, a ver»
Todos parecen en su sitio.
Eso si, me duele la espalda como si cientos de orcos hubiesen dejado las armas para dedicarse a las tareas agrícolas de trillado y arado.
Pero oídme bien, contracturas miserables, os estoy esperando y, esta vez, estoy lista.