«Enferma en cama» de Agustina Guerrero

Son dos, uno para cada pie y tienen quince o dieciséis años. Fueron concebidos para que alguien a quien le gusta la montaña los comprase y le abrigasen del frío mientras subía un 3000 o se fuese al nevero de la Chimbamba.
Yo no los compre, los hurté. Y como ese delito ya habrá prescrito puedo confesarlo.

Corría el año 2000 (año arriba, año abajo) me había salido un trabajo de verano en una tienda de deportes regentada por un tío cutre salchichero, un explotador que se pasaba los derechos de los trabajadores por el arco de triunfo pero que vestía camisas de Pedro del Hierro y conducía un BMW, vamos, lo que se conoce como «el mundo entero ha de saber que soy rico».
A mi, al principio, me daba un poco igual, solo pensaba en las pelas y en los chicos pero, en algún momento de ese verano se me hinchó la vena y decidí tomarme la justicia por mi mano. Empecé chorizando tonterías sin importancia, unas gafas de nadar, una linternita, pilas…

En una de esas me lleve a casa los calcetines. Son de la marca Lorpen de un color entre blanco y verde desustanciado, para pies del 39 al 42. Suben del tobillo hasta un poco antes de que la pierna se ponga gorda con la pantorrilla.
La goma esta dada de si pero no se caen. Son unos calcetines inteligentes. Permanecen en el pie hasta algún punto indeterminado de la noche en el que se deslizan, notan cuando ya me he dormido o cuando mis pies ya están calientes y salen sigilosos, sin hacer ruido.

Durante mucho tiempo no los use en absoluto, no les encontraba utilidad.
Podría haberlos bautizado como calcetines de dormir, seria lo suyo pero su verdadero nombre es calcetines de la fiebre.

Para comprender porque se llaman así tenéis que salir de vuestro ordenador y meteros en mis pulmones.
Mis pulmones eran fuertes y robustos, hasta que miles de bacterias y virus traídos de guarderías y clases de preescolar los invadieron episódicamente. Ahora son tirando a delicados, cualquier perturbación de la fuerza la acusan y me protestan enseguida en forma de bronquitis, toses…y fiebre.
Tener fiebre es algo muy chungo. El cuerpo se convierte en bipolar: cabeza ardiendo, espalda congelada, manos tibias, pies fríos, sudores helados, castañeteo, tripa como un horno, sudores calientes…los calcetines de la fiebre equilibraban todo ese locurón térmico.

Ahora duermo con ellos desde octubre hasta mayo. No tengo fiebre todo ese tiempo pero si los pies fríos. Son un gran indicador de que un ápice de lozanía juvenil me esta abandonando despacito.
Cuando haga mas calor los lavare, los tenderé al sol y los guardare. En octubre seguirán ahí, otro año mas.
Espero que me duren mucho tiempo.