Tenia seis años, iba a 1º EGB y se acercaban las navidades.
La profesora (que se llamaba Maricruz) nos iba preguntando uno a uno que queríamos para Reyes y lo apuntaba en la pizarra, ¿para que? pues muy fácil. Esa mañana sus majestades y sus pajes iban a acercarse por el cole a recoger nuestros mas íntimos deseos materiales.
Yo de niña era tímida y lo de hablar delante de todos me producía un picorcillo incomodo así que le hable a la solapa de la camisa cuando me toco a mi.
-Senda, ¿que quieres para Reyes?
-La villa de Chabel
-¿La bola del saber?
-nooo, la-villa-de-Chabel (¡por dios que vergüenza!)
-¡Anda! sal a la pizarra que no te oigo.
(Ahí ya tenia que haber visto que ese iba a ser un día de mierda)
-LA VILLA DE CHABEEEL!!

Luego nos sacaron, ordenaditos y en fila, al gimnasio. Mis nervios estaban a flor de piel, la emoción me iba a implosionar…mi querida y deseada Villa de Chabel, solo era cuestión de minutos tenerla en mis manos.
El gimnasio estaba decorado con espumillones, cajas (de zapatos) envueltas en papeles de mil colores y bolas de navidad. Había lazos, cintas, lucecitas y un radiocasette voceaba que «esta noche es nochebuena y mañana navidad».
Sentados sobre una tarima estaban los tres reyes, con sus barbas y sus coronas y unos pajes negros como el betún lucían dientes blancos y turbantes con plumas. Yo miraba las cajas enfebrecida, son todas demasiado pequeñas para mi pedazo villa, ¿cual sera?. Una maestra me llamo al orden: me había separado de la fila y sopesaba la sorprendente liviandad de esos regalos envueltos.
Cáspita-pensé-parecen vacíos pero…no puede ser, ellos están aquí y todo esto son nuestros regalos

Me toco sentarme en las rodillas de uno que tenia la túnica verde raso.
-¿Has sido buena?
-¡Buenísima!
-¿Que has pedido?
-La villa de Chabel- volví a decir para la solapa de mi camisa.
-Muy bien, muy bien…¡hala! vete por ahí que os van a dar chocolate con bizcochos.
-Pero…¡¡¡y mi villaaa!!
-Ya te la llevaremos.

Me baje de la tarima confundida «joer me ha tocado el rey chocho, seguro que el negraco que tenia detrás y que ahora no veo ha ido a la clase a dejarme el regalo»

Volvimos de nuevo ordenaditos y en fila a la clase. Por el camino empece a dudar de todo «Algo huele a podrido en Dinamarca» pensé (o algo parecido).
En nuestra aula nos esperaban humeantes vasos de plástico con chocolate y dos bizcochos por cabeza.
Mis compañeros comían, a mi se me había cerrado el píloro y en un alarde sin parangón de valentía infantil deje de lado mi timidez y me acerque a la profesora a pedirle explicaciones
– ¡¿Por que no esta el regalo sobre mi mesa, maldita sea?!
– Nooo, el regalo te lo dejaran en casa, el día de Reyes en enero.
-Y entonces, ¿esos regalos del gimnasio?
-Son para otros niños
«¡pero que coj…!»

FURIA, HOSTILIDAD, GANAS DE INCENDIAR EL COLE Y ARROJAR EL CHOCOLATE ARDIENDO A LA CARA DEL BARBUDO CHOCHO DEL GIMNASIO.
Me habían engañado. Estafa nacional. Me había ilusionado para nada y a cambio me daban un chocolate que se podían meter por donde amargan los pepinos.
Entonces ¿para que montar semejante espectáculo en el gimnasio?, ¿para que apuntar en la pizarra nuestras peticiones?

Why!, Why! WHYYY???

Hice lo que todo crio de seis años en mi situación hubiese hecho…llorar a moco tendido.

Fue un mal día en el que sentí en carnes la decepción.

No me trajeron la villa de Chabel ni ese año ni los siguientes pero pronto me olvide de ella, es lo que tiene tener seis años. Sin embargo, nunca un (no)juguete ha sido tan rotundo en mi aprendizaje.