La parte final de la acequia que riega el huerto es de tierra y dejo que crezcan todo tipo de hierbas silvestres.

En los ribazos hago igual, y así han nacido y se desarrollan saúcos, laureles, olmos, malvas y hiedra.

El herbicida es pecado aquí y considero que la vegetación no solo mantiene la estructura de la acequia si no la calidad del suelo en el que habitan y operan complejas comunidades de invertebrados, hongos y paramecios.

Y por muchos bichos que haya para mí siempre son pocos y disemino estratégicamente montones de ramas, hojas o piedras en enclaves soleados o umbríos, ocultos o a la vista, para atraer a lombrices, salamanquesas, caracoles y culebras.

Y en todos estos depósitos siempre aparece un contingente de cochinillas de la humedad o sus primos los armadillos. Estos crustáceos terrestres son, junto a las lombrices, fabricantes directos de suelo fértil.

Gestionar de este modo la acequia me resulta gratificante ya que me proporciona bellos micro parajes naturales para la observación de fauna y flora.

El esfuerzo de mantenimiento es mínimo y realizo 2 o 3 desbroces anuales de la acequia de 5 minutos de duración y alguna hoguera de exceso de hojas al final del invierno.