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Categoría: Cuentos y relatos

Historias de gusanos

Una fresca tarde de otoño dos gusanos se encontraron sobre la hoja de un platanero. Uno era pardo y flaco, de andares nerviosos y ojos como bolitas de azúcar. El otro era colorido y robusto, más lento y un poco confuso.
Los dos se miraron con aires de grandeza, pues los gusanos son de naturaleza orgullosa y le dan gran importancia al linaje, finalmente el pardo -al que llamaremos Lombriz- suspiró:
-Apártate de esta hoja por favor, estoy muy cansado y no tengo ganas de andar compartiendo sitio. Acabo de pasar por una terrible experiencia y necesito calmar mis atolondrados nervios.

El gusano robusto, al que llamaremos Oruga, hizo un gesto de sorpresa y contestó a Lombriz:
-No eres el único disgustado, yo mismo he temido por mi vida hace bien poco.

Lombriz, demasiado inquieto para escuchar las historias de otros, hizo poco caso de lo que Oruga decía y comenzó su propio relato:
-No se si habrás temido tanto como yo, deja que te lo cuente y saca tus propias conclusiones.

Hace pocos días me disponía a llegar a la copa de un árbol que todavía no había sido azotado por las inclemencias del otoño. Sus hojas eran aun jugosas y verdes aunque, cuando lo toque, sentí la savia deteniéndose en su interior poco a poco, preparándose para el sueño de invierno.
Tenia un buen trecho para subir, así que pensé que mejor ir despacito para no cansarme. Cuando estaba bien arriba vi a una araña haciéndome gestos y me sorprendió, porque ya sabes lo hurañas y ariscas que son, con sus patas me señalaba hacia alguna parte fuera del árbol, hacia el bosque.

¡Imaginate como me quede cuando vi venir hacia el árbol a una humana alta con dos cachorros de esos tan ruidosos que tienen al lado!

La humana decía algo con esa voz atronadora de los mamíferos y abría los brazos. Por un instante pensé que pretendía arrancar el árbol con sus raíces y todo, así que me apresure con toda la fiereza que pude a subir el trecho que todavía me quedaba. La araña se quedo quieta, solo movió una pata pero yo, muerto de miedo, corría que me las pelaba.
Creo que hubo momentos en los que no había ningún anillo de mi cuerpo tocando la corteza.
La tuve muy cerca, no se que prentendía acercándose tanto, pero de pronto se retiro, sin duda algo la debió asustar, algo realmente grandioso y maligno por la cara que puso, aunque en ese tronco solo estábamos la araña y yo. Y bueno, por fin llegue a las hojas pero del susto que llevaba se me cerro el estómago y no pude comer.

Oruga, que había estado escuchando con los ojos como platos, se aclaro la voz:
-Pues debe de tratarse de una conspiración, porque lo que me sucedió a mi, querido amigo, no fue menos bizarro…
Ya ves que estoy gordo, me toca pronto convertirme en una mariposa de otoño y poner mis huevos, así que estuve escogiendo una buena rama para hacer mi capullo.
Me llevo un minuto entero decidirme por un olivo que tenia pinta de centenario, pero quiso la fatalidad que, en ese preciso instante, se me olvidase si tenia que empezar primero el capullo y luego colgarme dentro o tenia primero que colgarme de la hoja y luego tejer el capullo a mi alrededor, así que me dije: «prueba primero una cosa y luego la otra».

Decidí colgarme de la hoja primero y luego tejer, pero enseguida me di cuenta de que era al revés y había escogido mal porque me caí del árbol.
Con el trompazo no entendía muy bien donde estaba, ¡Todo se movía a mi alrededor!. Horripilado, me di cuenta de que había caído sobre la cabeza de un humano que, dio la casualidad, se encontraba bajo el olivo en el momento de mi fatídico intento de hacerme crisálida.
Un tiempo después, que se me hizo eterno, baje como pude de la cabeza hacia los hombros y en ese instante me vieron y unos dedos gordos como las orugas de la patata me cogieron y me pusieron sobre una mesa.

¡Que desasosiego sentí con todos esos ojos posándose sobre mi, con todas esas voces ensordecedoras de los humanos!

Fui cogido otra vez y echado a un sitio con tierra.
Llevo arrastrándome casi dos días hasta que por fin esta tarde, he llegado a esta hoja. Creo que no podre convertirme en mariposa ni poner huevos. Moriré joven como le paso a mi tía bisabuela, Sabina Milpies.

Lombriz exclamó con sorpresa:
-¡Oh! ¿Eres sobrino bisnieto de la legendaria Sabina Milpies Procesionaria Nematodo?
mi abuela me contaba sus hazañas y aventuras. Mi preferida era aquella en la que lidero a un ejercito de gusanos a través de las montañas, ¿como empezaba exactamente?…

-«Corrían tiempos difíciles para los gusanos…-apunto ufano Oruga.

-¡Eso es!. «Corrían tiempos difíciles para los gusanos, el invierno cruel no había dejado ni una hoja…

Lombriz y Oruga permanecieron en esa hoja de platanero un buen rato, relatando aventuras sobre estirpes legendarias pues entre los gusanos es costumbre contarse historias de gusanos y cuando se escondió el Sol, se despidieron y se fueron cada uno por su camino.
Todo quedó en silencio y al cabo de un tiempo, esa misma noche, comenzó a llover.

El habitante del sótano

(Este relato lo presenté al IV Concurso de relatos de El Burgo de Ebro. No me comí ni un rosco y sin embargo, es uno de mis relatos favoritos)

 

Erase una vez un hombre que vivía en un sótano lúgubre, húmedo y penumbroso.
No sabía como había terminado viviendo allí. Lo que sí sabía es que no podía salir.

Sus días transcurrían monótonos y tristes y su cabeza divagaba demasiado a menudo hacia ideas de muerte y dolor.
A través del ventanuco que daba a la calle veía pasar cada día cientos de zapatos, andando de un sitio a otro. Hombres, mujeres, niños y animales transitando por una ciudad inalcanzable para él.
Tan solo los pajarillos, en sus diminutos saltos por la calle en busca de migas, lo miraban llenos de curiosidad, o al menos eso pensaba el hombre, deseoso de que algún ser vivo se diese cuenta de su existencia.

“Soy transparente, como un fantasma”- pensaba. Pero no era un fantasma, pues padecía tanto sufrimiento como los vivos y sus anhelos de salir de allí eran tan intensos que había noches que sentía que volaba, que se elevaba del mísero camastro en el que dormitaba y por unos instantes la sensación de libertad era real, hasta que topaba con el techo del sótano.

Un día despertó notando que algo había cambiado y no estaba como siempre. ¿Qué era?, ¿acaso había menos luz?, ¿acaso estaba muerto?, se miró las manos, no parecían tener nada distinto, miró a su alrededor extrañado y se le erizó el vello de la nuca.
Alguien lo observaba desde la calle, a través de la ventana.
Lo insólito de la situación lo paralizó, el corazón le latía desbocado y el hombre no sabía si era de alegría o de terror.
Se trataba de un muchacho joven, desgreñado, flaco y de pelo castaño, que acuclillado y con los ojos entornados, lo miraba con igual o incluso más curiosidad que los pajarillos.
El hombre se acercó, los separaba un cristal y varias capas de mugre pero oyó perfectamente al joven que le preguntaba:
-¿Quién eres?
Hacía tanto tiempo que no hablaba que primero graznó, como un cuervo viejo y negro.
-¿Qué?- le apremió el joven- No te he entendido.
-Soy…soy, el que vive aquí, el que está aquí- balbuceaba- Soy el hombre que vive en el sótano.
El muchacho asintió, como comprendiendo todo lo que eso significaba.
-Deberías salir a que te dé el sol, tío, das pena.
-No puedo salir, la puerta siempre está cerrada.
El joven giró la cabeza de pronto, como si alguien lo llamase, se levantó y se sacudió el pantalón. El hombre del sótano ya pensaba que se había terminado la conversación cuando el joven volvió a agacharse bruscamente, sobresaltándolo.
-¡Pues sal por la ventana!- dijo mientras se levantaba de nuevo y se marchaba caminando a zancadas.

Sal por la ventana. Sal por la ventana. Sal por la ventana. Esa frase quedó resonando una y otra vez en su cabeza como el eco en las montañas.
De eco pasó a idea, y así transcurrieron varios días más, en los que nada volvió a suceder.
Una noche, la idea se transformó en determinación y al amanecer, la determinación pasó a ser acción.
La ventana estaba mugrienta, y el pestillo parecía oxidado. Intentó bajarlo, pero no cedió ni un milímetro.
Estuvo forzándolo durante todo el día y estaba a punto de darse por vencido cuando sintió un leve crujido en el cierre. Sus fuerzas se renovaron y su esperanza también, así que siguió haciendo fuerza.
El cierre comenzó a bajar despacio, cada milímetro de holgura ganado era un triunfo tal que el hombre reía y farfullaba en un estado de euforia demente.
Al amanecer del tercer día, con un crujido final, el cierre terminó de deslizarse hacia abajo.

La hoja de la ventana no se abrió a la primera, hicieron falta varios intentos para que se desprendiese del marco.
El vano de ese pequeño ventanuco le pareció la puerta abierta al paraíso. Ahora veía los coloridos zapatos con toda su intensidad, oía el taconeo de las mujeres, los ladridos de los perros, el canto de los pajarillos, los olores de la ciudad.
El hombre lloró de alegría durante mucho rato, retorciéndose en el suelo. De la alegría pasó a la pena y siguió llorando mucho tiempo, hasta que se quedó dormido sobre el frío suelo de cemento, bajo la ventana abierta desde la que se veía un cielo sin estrellas.
Cuando despertó se sintió con fuerzas para salir y, encaramándose al catre, trepó por la ventana. Le cabía la cabeza, le cabía un brazo y si se giraba un poco, le cabía el otro, pero el resto de su cuerpo no podía pasar.

Se dejó caer de nuevo hacia el interior del sótano, estaba tan cerca…
Decidió no sucumbir a la desesperación y dejó de comer.
Ayunó durante tantos días y tantas noches que creyó hacerse transparente de verdad, su cuerpo se debilitó pero su voluntad siguió férrea. Al principio, el hambre le aguijoneaba el estómago, pero al cabo de muchos días dejó de sentir dolor. El sueño y la vigilia se mezclaron y comenzó a tener visiones monstruosas de gusanos que le devoraban desde dentro y de arañas que le salían de la boca.
Su sótano se llenó de espíritus malignos, de olores nauseabundos y de gritos de angustia y terror.

Lo visitaron las cucarachas, sintió sus nidos enredándose en su pelo, a las ratas mordisqueando sus dedos y una sed infinita abrasándole la garganta.
No sabía qué era real y qué era imaginario, ni siquiera sabía ya si estaba en el mundo de los muertos y eso era la eternidad de la que tanto hablaban.
Una madrugada, después de mucho, mucho tiempo, abrió los ojos. Estaba vivo.
No había cucarachas en su pelo, ni arañas en su boca, y sus huesudos dedos estaban intactos. Pero la infernal sed seguía ahí.
La ropa le colgaba sobre los huesos y el pellejo en el que se había convertido.
Se encaramó de nuevo por el ventanuco. Pasó la cabeza, un brazo, el otro y el resto del cuerpo se deslizó hacia la calle. Se quedó tendido sobre la acera, en posición fetal, era de noche y la calle estaba desierta.

Su garganta abrasaba, pero el hombre estaba tan débil que no podía incorporarse.
Se arrastró un poco y alargó el cuello para lamer el agua de un charco. Eso no era suficiente pero al menos consiguió aplacar el ardor.
Reptó trabajosamente hacia la pared, y con un esfuerzo titánico se sentó, apoyando su espalda a escasos centímetros de la ventana abierta por la que acababa de salir.
Debió quedarse dormido porque cuando despertó todo era bullicio a su alrededor. La gente no lo miraba especialmente, quizá pensaban que tan solo era un vagabundo más.
Permaneció sentado en el mismo sitio varios días. Sabía que moriría si no sucedía algo y él no tenia fuerzas para hacer que nada sucediese.

Algunas personas le echaron monedas, algunos niños lo miraron fascinados, algún perro orinó cerca y un día, una mujer le dejó un bocadillo y una botella de agua.
Bebió y comió despacio, llenándose poco a poco y volviendo aún más poco a poco al mundo de la cordura.

Cuando tuvo fuerzas suficientes recogió las monedas y se levantó.
Era otoño, soplaba la brisa y hacía fresco. No sabía a donde dirigirse pero poco le importaba, así que, renqueante, débil y casi sonriente comenzó a caminar hacia delante.

Un duelo en los tejados

Cuatro veces quedó preñada mi mujer, cuatro veces perdió al bebé y en la última casi la perdí a ella. Por eso, el día que me dijo que volvía a estar encinta no me quise alegrar demasiado. Pero pasaron los primeros meses y nada terrible sucedió. Luego llegó el verano y por fin pude ver a mi mujer con la enorme tripa de las embarazadas.

A comienzos de otoño nació nuestra preciosa niña a la que le pusimos el nombre de Hortensia.
La luz de nuestros ojos creció al abrigo de nuestros cuidados y desvelos, la mandamos a la escuela y, aunque aprendió a leer y a escribir, enseguida vimos que no era muy larga de entendederas. Pero eso no importaba ya que nuestra dulce hija era bondadosa, alegre y tan hermosa que con diecisiete años la rondaban buenos mozos.

Pero la desdicha no se había cebado lo suficiente con nosotros y el Diablo, manejándonos a su antojo, puso en el mismo camino a mi Hortensia y a un malnacido al que llamaban Juan “el Cañamón”. No es preciso decir qué sucedió, el lector se componga su historia, sólo añadir que Hortensia quedó deshonrada y forzada y que la mil veces maldita semilla del Cañamón encontró fértiles pastos en el vientre de la niña, dejándola preñada.

El Cañamón fue apresado tras dar el parte de la violación. Mi mujer y mi hija se marcharon al pueblo a pasar el embarazo. Allí, las habladurías de las vecinas serian menores.
Yo me vi de pronto destrozado, sin honor y con una sed de venganza indigna de un buen cristiano. Así que el día en el que leí en el periódico que se buscaba cocinero en la prisión de Zaragoza, cerré la zapatería y me presente en Torrero. A juzgar por la rapidez con la que me cogieron creo que fui el único en presentarse.

Me costo muy poco hacerme con las faenas y aun menos congraciarme con el preso que compartía celda con el Cañamón.
El gitanico Pedro Estébanes era un mozalbete ladronzuelo y pillo y bastante chismoso, así que gracias a él supe que el Cañamon tenia mujer y que moría de celos pensando que se la pegaba con otro. También gracias a Pedro conseguí sembrar la duda en el Cañamón, sugiriendo que su mujer, tal y como el sospechaba, se veía con alguien.

Tal era mi ira que no me paré a pensar en las consecuencias que para la desdichada señora tendría mi plan, tan solo quería matar al Cañamon y para eso lo necesitaba fuera de la cárcel y en un sitio a donde seguro acudiría con presteza: su casa. El gitanico Pedro le fue con la historia al compañero y también le dejó caer que el cocinero dejaba todas las mañanas la puerta de la cocina abierta para airearla.

Los periodistas nunca se explicaron como se las ingenio el Cañamon para salir por la cocina; yo jamás me explicaré como demonios pudo salir de su celda siquiera, sin ser visto.

Pero a lo que me llego el recado del gitanico de que el Cañamon se había escapado ya era demasiado tarde para darle alcance de camino a su casa, que era lo que yo pretendía, así que salí corriendo hacia el barrio del Sepulcro, donde vivía ese maldito. Estaba tan obcecado a lo que iba a hacer que no me percate de que portaba el delantal de cocinero, aún manchado de la sangre de los pollos que había deshuesado aquella misma mañana, y una cuchara de madera en la mano.

Ya al pisar la calle del Cañamón oí los gritos y el sonido de cristales rotos. Acerté a ver una figura agazapada en el tejado, entre dos casas, lanzando tejas a la calle y profiriendo las mas temibles maldiciones. Subí a la azotea de la casa vecina por una escalerilla y fui sorteando claraboyas y buhardillas. De pronto vi venir hacia mi la enjuta silueta del Cañamon, iba desnudo a excepción de los calzones por cuya abertura de orinar colgaba pendulante su miembro viril que se sacudía a cada zancada como si tuviese vida propia. Yo mismo no hacía mejor facha con el delantal ensangrentado y la cuchara de madera que me había empeñado en no soltar. Por un momento nos quedamos paralizados, frente a frente en los tejados, como dos batientes en duelo esperando el desenlace fatal, el Cañamón tenia la cara desencajada y finalmente gritó:
-¡Que he matado a la Milagros!, quió, ¡que tengo que escaparme!
-No te apures Juan -le contesté- que enseguida te hago alcanzar el suelo – y en un rápido revés le arreé un cucharazo en la cara, lo levanté en volandas y lo tiré al patio de luces, donde cayó como un fardo de carne seca y huesos, ocho metros mas abajo.

Ya asomaban los primeros vecinos por las ventanas así que huí del tejado y regresé a la prisión. Conté que había corrido en pos del fugado y que no había podido darle alcance. Nadie pareció dudar de mi palabra.
El asunto de la fuga se comento largamente en los periódicos y, como finalmente el Cañamón murió por las heridas de la caída unas semanas más tarde, estuvimos una temporada teniendo noticias de ese maldito a través de los heraldos.
Mi querida Hortensia dio a luz un bebe varón. Tan solo quería escupir y maldecir ese nacimiento, pues pensé que ese niño me recordaría toda la vida la deshonra hecha a mi hija, pero era tal el amor puro e incondicional de mi niña a ese bebe que mi mujer y yo acabamos ablandándonos. Al fin y al cabo el niño no tenia culpa de nada y sabiendo que el Cañamón ardía en el infierno el mundo me parecía un lugar mejor.

El pueblo de los escribas

María Luisa amaba la lectura. Para ella, los libros (pliegos, la mayoría de las veces) eran documentos  de gran valor que transmitían historias maravillosas, algunas veces sobre las obras de santos y apóstoles, otras veces sobre lo mundano de la vida en el campo, las siembras, los amores, la alegría de vivir o la muerte.

Con un libro que desprendía un tenue olor a cuero y completamente ensimismada junto a la ventana la encontró su doncella de cámara.

-Tenemos que partir, señora, el carro la espera abajo.

Tras el último aborto María Luisa aún estaba delicada y el traqueteo del carruaje no la ayudó en absoluto a sentirse mejor, llegó al pueblo semi inconsciente y febril, por lo que no pudo notar ni la expectación que causó su llegada, ni el recibimiento que quisieron darle los chiquillos, las mujeres y decorosamente más apartados, los hombres.

Estuvo enferma muchos días, guardando cama y sin recibir más visitas que las del médico, las de su doncella y, por supuesto, las de su esposo: Don Artal de Aragón.

Un alegre día de primavera se sintió con fuerzas suficientes para dar un paseo hasta el convento, aunque el médico desaprobó tal idea no pudo hacer nada para disuadirla, puesto que María Luisa Fernández de Heredia era de físico frágil y menudo pero de temperamento obstinado, noble y tenaz.

Cogida del brazo de su doncella y apoyada en un bastón salió a la fresca mañana de mayo, sus embotados sentidos no estaban preparados para la explosión de olores, colores y sonidos que la embargaron.

Pina era una villa muy hermosa y próspera, muchas de sus casas lucían intrincados artesonados de madera en sus aleros y saledizos, las puertas abiertas permitían ver patios frescos y llenos de flores y plantas y la mayoría de las calles eran de tierra pero otras, más afortunadas sin duda, estaban empedradas con guijarros del cercano río.

La mayoría de la gente se encontraba laboreando en los campos así que, hasta la iglesia, sólo tuvieron de acompañante el muro semi derruido que separó la parte cristiana y la árabe del pueblo hacía ya un tiempo.

La recibió su marido en la puerta del convento, consternado por la palidez de su rostro, junto a él un hombre enjuto, completamente calvo y con ojos afables inclinaba la cabeza.

-Pasad esposa, cogeos de mi brazo, el prior nos enseñará cómo está quedando todo.

La voz del prior era grave y bien modulada; un auténtico narrador que fue desgranando la historia de la construcción. Contó anécdotas que hicieron reír a María Luisa, tragedias que también habían acontecido, como el derrumbamiento de parte del claustro sobre varios constructores “lo que nos hizo ver la necesidad de construir los arcos pareados, ya que los que se habían hecho antes no soportaban el peso de la techumbre”, agradeció infinidad de veces la ayuda que el mecenazgo de los Condes había supuesto para poder finalizar la iglesia y el convento y, finalmente, parándose ante una austera doble puerta de madera pidió que la señora hiciese una selección de libros que creyese que debían incluirse en la biblioteca.

-¿Biblioteca?- preguntó sorprendida.

El mismo Artal abrió las puertas, María Luisa ahogó un grito; ante ella se abría, alta y luminosa, una espléndida biblioteca, una sala rectangular no muy grande, con estanterías de madera hasta arriba, algunas de ellas repletas de libros, otras vacías, en medio de la sala cuatro monjes inclinados sobre sus pliegos leían o transcribían de un libro a otro.

-Escribanos, su ilustrísima-dijo el prior respondiendo a una pregunta no formulada- se encargan de copiar códices, de traducir del latín, de coser encuadernaciones…

Pero María Luisa no escuchaba y ajena a lo poco habitual que era que una mujer se pasease por allí se acercó a las estanterías. Había biblias de todos los tamaños y medidas, en latín, en castellano, en italiano, en francés y en varios idiomas más. Había libros de cantigas, canto gregoriano, poemas de apóstoles, glosarios, también encontró varios tomos sobre usos de plantas medicinales, arquitectura, matemáticas e incluso un libro sumamente atrevido sobre anatomía humana.

Paseó con sus dedos por los lomos; texturas suaves de cuero viejo, pergaminos antiquísimos, pliegos de papel rugoso y apenas tratado, inspiró profundamente el perfume de esa sala, a los olores propios de los libros se sumaba el olor de algunos cirios que iluminaban los rincones más oscuros, el olor penetrante de la tinta y el perfume ácido del ungüento con el que se pegaba el pan de oro.

Después los Condes entraron en la iglesia anexa y rezaron.

Todo aquello le pareció a la condesa una maravilla, un pequeño tesoro que había que preservar y con la obstinación que la caracterizaba y sintiéndose fuerte comenzó a recopilar libros y enviarlos a San Salvador, mandó a buscar ediciones especiales a Londres, Roma, Nápoles, consiguió réplicas y originales preciosos de los afamados monjes del Císter en Francia (auténticas antigüedades) y nuevos frailes acudieron a aprender y a establecer una pequeña imprenta, de esta forma la biblioteca del convento de San Salvador se convirtió en una de las más completas y bellas de la región.

El devenir del tiempo y los acontecimientos de décadas y siglos posteriores no fueron excesivamente benevolentes ni con la biblioteca ni con el convento; un incendio devastador se llevó consigo la sala de los escribanos y todo lo que en ella había, incluidos dos monjes.

La desamortización de Mendizábal desalojó a los frailes que quedaban dos siglos después y la guerra terminó de destruir lo que quedaba en pie del convento.

Los habitantes de Pina no saben que hace tantas centurias su pueblo fue considerado “de escribas”, es un hecho que no ha tenido eco histórico, ni documental. Sin embargo, si María Luisa mirase atentamente a la Pina actual comprobaría complacida que en la villa sigue habiendo escribanos o escritores, tampoco le sorprendería ver donde se situará la futura biblioteca ya que ésta se levanta exactamente en el mismo lugar donde existió la de los monjes.

Todo esto le haría pensar que, de una manera casi sobrenatural, Pina sigue siendo el pueblo de los escribas.

(Relato ganador presentado al XVIII concurso de relatos de la Villa de Pina de Ebro)

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