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Categoría: Ego Página 1 de 4

¿Qué hay de nuevo, vieja?

Que me gusta tener hijos mas que ser madre. Que soy valiente pero no demasiado. Que soy huraña y me gusta. Que detesto a la gente falsa aunque se muestre amable. Que a veces me pongo en modo humorístico para ocultar que no se muy bien que hacer. Que puedo dejar de querer sin drama alguno y que puedo darme cuenta en un segundo de cuanto quiero a alguien. Que con 37 años ya no vale echarle la culpa de mis mierdas a mis padres. Que no me gusta la leche. Que las manzanas me dan dolor de estomago y los plátanos ardor. Que lloro por cualquier cosa y eso esta bien. Que cualquier cosa que suene a dogma o a norma inamovible me repatea. Que ser ama de casa me esta convirtiendo en feminista. Que siempre pienso que todo va a ir bien. Que vivo una vida cómoda y nada es permanente. Que soy humilde. Que he vivido enfadada gran parte de mi existencia y ahora ya no me sirve sentirme así. Que «no quiero», «no me apetece» y «no tengo ganas» no es de vagos o cobardes. Que no me gusta tomar el sol. Que tengo miedo de morirme pronto y de los monstruos que viven en la oscuridad. Que a veces me siento insegura hablando con alguien. Que miro como desgastan los zapatos los hombres y según como lo hagan pierden todo su atractivo. Que jamas llevo pendientes, ni collares, ni relojes, ni pulseras. Que me encantaría llevar pendientes, collares, relojes y pulseras. Que tengo buenos reflejos. Que soy organizada, metódica y pragmática. Que tengo buena memoria pero no me quedo con las caras. Que no se que hacer laboralmente. Que me arrepiento de algunas decisiones vitales que he tomado. Que la vida me parece, a veces, una rueda de hamster. Que cualquier mínimo detalle me vale para lo que sea.  Que me encanta el mar. Que aborrezco las tiendas de campaña. Que me aburre tomarme algo en una terraza. Que las conversaciones plagadas de lugares comunes me resultan soporíferas aunque yo acabe diciendo lo mismo. Que me gusta el olor a madera quemada en chimenea o estufa. Que el viento me da dolor de cabeza y la primavera me desconcierta.

Que me encanto conoceros.

Los calcetines de la fiebre

«Enferma en cama» de Agustina Guerrero

Son dos, uno para cada pie y tienen quince o dieciséis años. Fueron concebidos para que alguien a quien le gusta la montaña los comprase y le abrigasen del frío mientras subía un 3000 o se fuese al nevero de la Chimbamba.
Yo no los compre, los hurté. Y como ese delito ya habrá prescrito puedo confesarlo.

Corría el año 2000 (año arriba, año abajo) me había salido un trabajo de verano en una tienda de deportes regentada por un tío cutre salchichero, un explotador que se pasaba los derechos de los trabajadores por el arco de triunfo pero que vestía camisas de Pedro del Hierro y conducía un BMW, vamos, lo que se conoce como «el mundo entero ha de saber que soy rico».
A mi, al principio, me daba un poco igual, solo pensaba en las pelas y en los chicos pero, en algún momento de ese verano se me hinchó la vena y decidí tomarme la justicia por mi mano. Empecé chorizando tonterías sin importancia, unas gafas de nadar, una linternita, pilas…

En una de esas me lleve a casa los calcetines. Son de la marca Lorpen de un color entre blanco y verde desustanciado, para pies del 39 al 42. Suben del tobillo hasta un poco antes de que la pierna se ponga gorda con la pantorrilla.
La goma esta dada de si pero no se caen. Son unos calcetines inteligentes. Permanecen en el pie hasta algún punto indeterminado de la noche en el que se deslizan, notan cuando ya me he dormido o cuando mis pies ya están calientes y salen sigilosos, sin hacer ruido.

Durante mucho tiempo no los use en absoluto, no les encontraba utilidad.
Podría haberlos bautizado como calcetines de dormir, seria lo suyo pero su verdadero nombre es calcetines de la fiebre.

Para comprender porque se llaman así tenéis que salir de vuestro ordenador y meteros en mis pulmones.
Mis pulmones eran fuertes y robustos, hasta que miles de bacterias y virus traídos de guarderías y clases de preescolar los invadieron episódicamente. Ahora son tirando a delicados, cualquier perturbación de la fuerza la acusan y me protestan enseguida en forma de bronquitis, toses…y fiebre.
Tener fiebre es algo muy chungo. El cuerpo se convierte en bipolar: cabeza ardiendo, espalda congelada, manos tibias, pies fríos, sudores helados, castañeteo, tripa como un horno, sudores calientes…los calcetines de la fiebre equilibraban todo ese locurón térmico.

Ahora duermo con ellos desde octubre hasta mayo. No tengo fiebre todo ese tiempo pero si los pies fríos. Son un gran indicador de que un ápice de lozanía juvenil me esta abandonando despacito.
Cuando haga mas calor los lavare, los tenderé al sol y los guardare. En octubre seguirán ahí, otro año mas.
Espero que me duren mucho tiempo.

La intrusa

«Anxiety» de Toby Allen

No la tengo en wasap. Ni la llamo a tomar café aunque ella esta conmigo todo el rato. No duermo con ella, al llegar la noche se agazapa en un rincón y me mira huraña, con un poco de suerte no soñare con dientes que se me caen, con hijos que se me mueren o con casas abandonadas.
No la nombro con nadie pero mis pensamientos le hacen un hueco que a veces es tan grande que yo no soy yo. Se infiltra hasta mi plasma sanguíneo, invisible, insidiosa y cruel.
No la quiero, no es buena, pero no se como librarme de ella.
Mi pedacito de ansiedad.
Va y viene.
Cuando esta, tengo presagios de que algo terrible va a suceder, pero como ya me la conozco sabe que no debe inocularme pensamientos catastróficos exagerados, no me los creería. Mi ansiedad no me llena la cabeza con inundaciones, ni con jaurías de perros salvajes, ni con fantasmas.
Un cuchillo que se clava en un ojo.
Un atropello.
Un cáncer devorándome sin que lo sepa.
No tener casa.
Convertirme en una mujer mezquina y desencantada.
¡Oh si! lo sabe hacer muy bien. No me acelera el corazón. No me impide dormir. No hace que me medique…pero sabe instalarse hondo y susurrarme lo inepta que soy para estar contenta. Le gusta mucho verme oscura y cansada.
La ansiedad es la nave nodriza, los pensamientos intrusos son la caballería.

El futuro le encanta. Ese ignoto e inexistente mar de hielo azul, lo que será, lo que llegará. A mi ansiedad le chifla prepararme escenarios cotidianos y creíbles pero aderezados con accidentes, pérdidas y desbordamiento. Me los muestra cuando mas débil me siento; «me ha quedado precioso, ¿no crees?»
No, no creo.

Esta ahí, sobre mi hombro, cada vez que me preguntan «¿que tal?».
«oh, Sendita, contéstales que estas bien, aunque sea mentira, nadie te tomara demasiado en serio si les hablas de mi»

Pero he descubierto su punto ciego, el que me vale a mi: caminar.
Cada día 6 kilómetros de asfalto la alejan lo suficiente como para pensar con claridad y darme cuenta de lo que ocupa.
Caminando la delimito y eso a ella, que es tan amiga de la expansión, la descoloca.

Desde fuera soy una chica más con deportivas, empujando un carrito. Pero, en realidad, soy una vagabunda.
Y estoy en lucha.

Fatal de lo mio

Ayer me desperté la primera. Aún no había movido ni un dedo cuando sentí que los músculos de mi cuello se habían dispuesto en pepitoria y ninguno estaba donde le correspondía.
Me quedé quieta paralizada.
¡Colocaos malditos!
Sabía que si me movía todo se iría a la mierda, pero mi cama estaba atestada de criaturas menores de cuatro años que habían detectado el movimiento de mis globos oculares y comenzaban a moverse.
Puse un pie en el suelo.
¡Ouch!
Puse el otro pie en el suelo.
¡Ay pues no parece para tanto!
Me levante del todo.
y mi cuello sonó como morder un guirlache con hambre

No, si doler, no es que doliera mucho. Lo peor era la rigidez de nuca que me hacia girar todo mi estupendo torso cada vez que me hablaba alguien.
«Es que tengo torticolis, no es que vaya de chula girándome en escorzo»

Después de gastar mal humor, llorar un poco y jurar, decidí interrumpir la apacible tarde de mi amiga Mistress Sancho y sus mellizas y para su casa que me fui con mis tres machotes y mi chulería al cuello.
(Mistress Sancho, además de mi amiga y madre de dos campeonas, es fisioterapeuta)
Un par de horas después nos bebíamos, sentadas en su cocina, el te de la victoria (ella es muy de «a cup of tea?») mientras los tres machotes y las dos campeonas desordenaban concienzudamente los juguetes.

Esta mañana me he levantado temerosa de Dios, «a ver, a ver»
Todos parecen en su sitio.
Eso si, me duele la espalda como si cientos de orcos hubiesen dejado las armas para dedicarse a las tareas agrícolas de trillado y arado.
Pero oídme bien, contracturas miserables, os estoy esperando y, esta vez, estoy lista.

Un zas! en toda la boca

KaUPowUpopUartSi, si, en toda la boca. Eso llevo sintiendo desde hace unos 5 años, exactamente la edad de mi churumbel mayor.
Ya conté en este post que ser madre me ha liberado de muchos prejuicios (ha traído otros también) y me creía yo que con admitirlo estaba en paz con el universo, pero no.

Es el pequeño, aun no ha salido a la vida fuera del útero y ya me esta demostrando que no debo dar nada por hecho en lo que a niños en general se refiere y en particular a mis hijos.
Los dos hermanos mayores nacieron unos 20 días antes de la FPP (Fecha Probable de Parto) así que tooodos nos pensábamos (yo la primera del ranking) que el tercero iba a hacer lo mismo, que pasados los reyes (la FPP es el 30 de enero) pumba! íbamos a tener bebe.
Pero no, no es así, sencillamente porque los caminos del Señor son inescrutables y la manida y enranciada frase «cada embarazo es un mundo» es jodidamente cierta.
Todo lo que acabo de exponer más el estado de introspección en el que me encuentro y unas ganas horrorosas de evadirme, me hacen llegar a la misma conclusión:»querida, no tienes ni pajolera idea y con los niños más te vale dejar de proyectar».
Ser madre tiene mucho de planificar, es algo inherente al estatus madre. Planificar esta bien, planificar comidas, ropas, alguna actividad, preparar, anticipar, adelantar, son cosas que las madres hacen instintivamente. Es como caminar un trecho por delante de los críos para apartar ramas, abrir paso y evitar los posibles obstáculos que pueda haber. Eso esta muy requetebien, siempre y cuando respetes ciertas normas:

-No alejarse demasiado de los que van detrás. Hala! te lías la manta a la cabeza y te adelantas a apartar follaje a mansalva. NO PLANIFIQUES CON DEMASIADA ANTELACIÓN, LOS NIÑOS SON IMPREVISIBLES, de hecho LA VIDA ES IMPREVISIBLE.

-No quieras eliminar toda la maleza del camino. Es imposible y la manadita que va contigo encontrara nuevos y emocionantes peligros a los que exponerse por mucho que tú vayas machete en mano abriendo paso. NO VEAS PELIGROS POR DOQUIER (esto es muy difícil) NO VAS A PODER EVITARLOS TODOS.

-El camino que marcas no tiene porque ser el único que te lleve al mismo sitio. ABRE LOS OJOS A NUEVAS SENDAS ENTRE EL BOSQUE. DESPEJA LA MENTE DE PRECONCEPCIONES. Esto también es difícil, para empezar se necesita un ego mermado y una aceptación honesta y sincera de que una es un poco mierdera y limitada a veces, ese estado de «no soy tan chuli como pensaba» dará paso a un estado mas sosegado de mente, en el que sabes que no lo haces tan perfecto como pensabas pero, ¡que narices! molas igualmente.

En definitiva, y volviendo al hilo central del post, mi hijo pequeño, que ahora mismo se restriega amoroso y gordico contra mi pared abdominal, me baja los humos premonitorios y me dice «no haré lo que crees que sabes que voy a hacer, haré lo que tenga que hacer y lo único que harás será ser testigo de ello»

Hoy cumplo 39 semanas, tengo 1 cm de dilatación del cuello del útero y un bebé que aun no ha descendido del todo en mi pelvis. Eso es todo lo que se. No hace falta más.

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