Tarde maravillosa en una plaza abarrotada de niños, bancos y madres.
En uno de esos bancos, dos madres y una abuela.
Algo trapichean, una de ellas le dice a otra, que no habla bien el castellano, que tiene ropa de bebé para dar.
El diálogo transcurre tal que así:
-Tengo ropa de bebé de 0 a 12 meses, de chico, si tuvieras alguna amiga que le interesa me lo dices y se la doy.
-Ah Gracias! yo preguntaré- dice con sonrisa de «de lo que has dicho, he entendido la mitad».
En este punto, la abuela considera que es su deber natural hacer de intérprete:
-Calla, calla, chiqueta, que no entiende muy bien el castellano, déjame a mi- y remangándose la chaqueta coge carrerilla y suelta:
-¡SEÑORA DECIR QUE SI QUERER ROPA, DECIR SI Y SI NO, NO!

La otra sigue sonriendo a lo «me cosco cero de lo que decís» y a la madre que da ropa de bebé le empieza a subir la risa floja, así que se despide con la excusa de que sus hijos se están tirando de punta cabeza por el tobogán.

Damas y caballeros, el idioma universal no es ni el esperanto, ni el inglés, ni el amor. El idioma universal es el infinitivo gritón.