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Categoría: Leer es un placer Página 1 de 2

La broma infinita

Un día vas a ver a una amiga y te presenta a un tipo peculiar ya de entrada. Es bastante corriente y moliente salvo por una cosa, es un armario ropero de grande.
Al principio te apabulla un poco, tanta carne, tanta envergadura, pero tu amiga te lo presenta y te cuenta que lo conoce y es majo.
Así que quedas con el un día, con recelo, no es que sea una cita de amor, el grandon, al que llamaremos Foster, solo quiere contar cosas.

En la primera cita Foster llega sin prisa, yo ya ando torciendo el morro «no se que me contara», pues nada, se sienta y me cuenta un movidon estrambotico, una especie de tribunal de admisión en una escuela de tenis o universidad que acaba fatal.
Por que acaba mal? Ya te lo he dicho, porque el protagonista tiene un ataque.
Ah, no se en que momento me has empezado a hablar del ataque…

Escuchar a Foster es así, te esta contando la cosa mas aburrida del mundo, utilizando palabras rarunas como atetosicamente, sigmoide o posprandial y de pronto la acción cambia y pasa a hablar de un asesinato. Como aquella vez que se paso rato y rato contándome los pormenores de un juego llamado Escatón, yo creía morir de sopor, no me enteraba de nada y empece a ver sus labios moverse pero solo podía oír blablablabla, cuando regrese de mi disociación algo había pasado y el torneo de Escaton se había convertido en una pelea todos contra todos, con sangre, huesos rotos y puñetazos. Foster nunca te deja caer al vacío del todo.

Mezcla personas y temas sin consideración a tu persona y si le sale del pito y aunque te este hablando detalladamente de como funciona Alcoholicos Anonimos pasa a relatar un cacho de conversación que tiene lugar entre un travesti espía y un terrorista en silla de ruedas al borde de un barranco en Tucson, Arizona. Cuando habla del alcoholismo te sientes cirroticamente enfermo. Cuando habla de los del barranco describe cada micro movimiento corporal, cada sonido realizado con la boca, cada mancha de la piel o dientes, cada modulación de la voz, lo describe todo tanto que a veces le interrumpo, me estas vacilando?, no, no te vacilo.
Pues yo me siento estúpida ahora mismo.

En general, le gusta ir a su aire, a veces no se si me habla hasta las cejas de porros o con la lucidez mental del ayuno prolongado, a lo Buda. A veces tengo que exprimirme el cerebro para hilar hechos, otras veces lo que me cuenta es tan abyecto que creo estar ante un maldito psicópata, como esa vez que me dijo como habían empalado a un mafias canadiense. Foster me hizo un recorrido turístico del palo de escoba por todo el tracto digestivo, describiendo como sonaba, como se veía y como se sentía. Aterrador.
Todo lo que dice sucede en EEUU en un futuro extraño donde ha habido tanta contaminación que una parte del territorio es como una zona radiactiva que es mejor no pisar, la gran concavidad. Pero lo de la gran concavidad es un tema que te cuenta de pasada, como atrezzo. En realidad habla mucho de una escuela de tenis elitista y de un centro de desintoxicación. Ambos sitios, escuela y centro, están a una colina de distancia. Todo queda en casa.
Una vez te acostumbras a su forma de hablar y de ser dejas de cuestionarte si todo es una cámara oculta y empiezas a disfrutar de verdad, de no entender nada y de entenderlo todo. Te encariñas con sus personajes y sus historias (muy fan de Don Gately) y ya te da igual lo que cuente. Llega un momento en el que lo mas importante es quedar con Foster.

Hasta que un día, a mitad de un recuerdo, enmudece. Ya no tiene mas que contar, es así, sencillamente ha terminado lo que tenia que decir.
Ahora imaginate que bajas corriendo una colina, corriendo a todo gas y de pronto descubres ante ti un barranco. Frenas en seco, te quedas casi de puntillas al borde del abismo, con tus brazos haciendo el molinete hacia atrás para no caer.
Así te deja Foster.

Vida de un carnet de biblioteca

-Oye, esos tres libros apilados en la estantería…¿son de la biblio?
-Sip
-Los tendrás que devolver ¿no? estoy harto de verlos pulular por casa.
-Aun tengo tiempo, los saque hace poco.

Hace poco fue el 3 de diciembre.
¡Maldición!, mi registro del continuo espacio-tiempo ha debido sufrir alguna avería y la consecuencia es que no puedo sacar libros hasta mayo.
Pero soy demasiado lista (¡muhuhuhahaha!) y cuando nacieron mis hijos, además de darlos de alta como seres humanos en el registro, les saque un carnet de biblioteca, por si me daba un ataque lector sin precedentes…y sobre todo por si me pasaba de fechas.
Asi que con carnet de HijoMediano estoy sancionada pero sigo sacando libros con los demás.

Mis carnetes de biblioteca me hacen sentir Gollum -«son miooos, ¡mioooossss!«-. Tienen varias residencias, la principal es en una solapa de mi monedero.
El que fabricó mi monedero era un artesano del cuero que pensó que estaría bien dotarlo de un pequeño bolsillito para guardar una o dos tarjetas y el DNI. Cuando compré el monedero entendí la idea y le metí eso: una tarjeta y el DNI, pero luego vino la tarjeta de DIA, el carnet de conducir, la del médico de HijoMayor, HijoMediano, HijoPequeño y la mía, la orgullosa tarjeta de familia numerosa, una Maestro desmagnetizada…el cuero se estiro y se estiro, el monedero gruñía («¡maldita sea!, no podre resistir tanta tensión»)
Pero resistió.
Y yo pensé que por un poco más de hacinamiento no pasaría nada así que metí a la familia de carnetes de biblio. Pero no contaba con que eran de temperamento explorador e indómito y, aprovechando que el monedero estaba tan petado que no se podía cerrar, se escaparon por el bolso.
Así fue como pasaron a su segunda residencia.

El bolso es una cavidad diáfana con un pequeño bolsillo de cremallera rota en la parte superior. Todo lo que se mete allí cae por la irresistible fuerza gravitatoria hasta el fondo. El bolso tiene cierto espíritu de comunismo cutre de andar por casa así que en él, todos los objetos pululan al mismo nivel, nada de «este bolsillito para el móvil», «este para las llaves», «este para los tampones».…no.

Sin embargo, los carnetes eran felices allí, no tenían a la vieja gloria de la maestro desmagnetizada cantando sus tiempos pasados en los que siempre estaba en números rojos, ni a la petarda de la familia numerosa exigiendo más y más ayudas y más y más descuentos, ni siquiera tenían que soportar las continuas hipocondrías de las tarjetas del servicio de Salud.
En el fondo de aquel habitáculo de tela oscura congeniaron a las mil maravillas con unos puntos de aproximación que también se habían fugado de su caja y con unas migas de galleta Dinosaurus de Lu cuyo blíster de plástico había quedado destrozado por culpa de las llaves (¡que arrogantes son las llaves!).

Cuando busco cosas en el bolso meto la mano y saco lo que quiero palpando formas, tecnología digital del mas alto nivel. Fue así, rascando el fondo, cuando descubrí que los carnets se habían mudado.

Me pareció que lo mejor era que estuviesen guardados en el bolsillo de arriba, el de la cremallera rota.
A día de hoy ahí siguen…y son mios.

Marlowe

Cierra los ojos. Respira hondo. Vacia tu mente de mierdas varias y describe ipso facto las imágenes que te vengan en cuanto diga estas dos palabras.

Detective privado.

Si has visualizado un cuchitril de oficina, ocupado con un tipo en traje, fumando y una rubia despampanante y misteriosa entrando por la puerta de cristales opacos es que ya conoces al Philip Marlowe de Raymond Chandler.

Resulta que yo también lo conocía y no lo sabía. Cuando tenía unos 13 años mi colegio publicó unos cuantos números de una revista llamada Aguacibera. Una compañera de clase y yo escribimos una historieta detectivesca basada en el personaje de Marlowe con una trama absurda y completamente alocada como en «Aterriza como puedas«. Nuestro héroe se llamaba Macuto Morral y nunca llegamos a resolver el caso porque el periódico dejo de publicarse.

Bueno, pues olvidémonos de Chandler, de Macuto Morral y de la directora que dio carpetazo al Aguacibera, porque si he vuelto a rememorar a ese detective arquetípico, inspirador de comics y de trabajos gráficos adolescentes, ha sido gracias a la lectura de «La rubia de ojos negros» de Benjamin Black, pseudónimo de John Banville.
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Los eruditos de la literatura contemporánea y los filólogos en onda fliparán con mi  suprema ignorancia si me leen (afortunadamente, no se dejan caer por estos lares infectos de pseudo critica literaria de andar por casa en alpargatas rotas que asoman dedos gordos del pie y errores gramaticales varios)

Resulta que a Black le han dado el premio Príncipe de Asturias a las letras…¡y yo sin enterarme!
Y resulta que este buen hombre es escritor de novela negra y detectivesca, y sus obras han sido adaptadas a la TV por la BBC…¡y yo sin enterarme!

En la rubia, Black rescata a Marlowe (se dice, se comenta por encargo de la familia del propio Chandler, vete tu a saber) y escribe una novela de detective privado fumador, bebedor y enamoradizo con rubia preciosa y misteriosa, con polis sarcásticos y con diálogos irónicos.

Así que tengo tarea pendiente, por un lado empapuzarme tooodas las novelas de Black y por otro verme la serie de la BBC.
En cuanto a «La rubia de ojos negros», ¿que demonios hacéis leyendo este blog?, corred cenutrios, corred. ¡Corred como almas despavoridas a leer a Black!

Recaída

El pasado mes de enero gané un concurso de relatos cuyo premio era un lote de libros.

Entre varios autores aragoneses me regalaron unos cuantos títulos de novela policiaca. Por si lees esto por primera vez en tu vida y no sabes de que va, me estoy quitando de la novela negra.

Pedí ayuda a Julian Barnes, me leí alguna cosa de Auster que me gustó, incluso me quise hacer amiga de Alice Munro pero no he tenido la suficiente fuerza de voluntad así que, una noche, con monazo de lectura me puse a leer El canto del cuco de Robert Galbraith que, en realidad no es Robert, si no J.K.Rowling la de Harry Potter, que ha sucumbido finalmente a los dementores y se ha pasado a la novela negra.

(Porque hoy en día o escribes novela negra o no eres un escritor de moda. Bueno, también puedes aprovechar el tirón de los folliqueteos de Christian Grey y escribir mierdas de esas).

El canto del cuco

El canto del cuco es una investigación detectivesca de manual, detective privado homeless, con ayudante que resulta ser brillante (en este caso una secretaria de ETT, que acaba en nómina por cuatro perras, pero la chica se queda encantada de la vida), con giro final inesperado, con sospechosos y personajes varios que van dando al misterio un punto de vista distinto, añadiendo las piezas a un puzzle que no te esperas.

Vale, termino el canto del cuco, me ha gustado, un chute más de mi droga.

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¿Y que hago?, ¿me paso por la biblioteca a por libros que hablen de amores, de historia, de ensayo…de cocina? Nooooo, sin dudarlo, cojo el siguiente libro del lote de regalo del concurso: No confíes en Peter Pan de John Verdon, y a la tercera linea, ya estoy enganchada cual perraca al poli de Nueva York retirado Dave Gurney y al estilo narrativo de Verdon (que me recuerda tanto tanto a Henning Mankell…)

Paralelamente a estos chutes, que cada vez me saben a menos, voy al antro donde pillo (la biblio) y saco En el país de la nube blanca de Sarah Lark, en un absurdo intento de demostrarme a mi misma que puedo leer otras cosas que no sean aterradoras y sórdidas. Y al ver las 746 páginas todas de golpe en mi mano siento una losa que se cierne sobre mi.libro_1354759561

«Joder que gordo ¿no?» le balbuceo a la bibliotecaria. Pero como una niña buena me lo llevo a casa.

Por favor deidad de los libros, escucha mi plegaria, no dejes que me atrofie tanto que no pueda leer las otras cosas chupis que se publican por ahí.

Si me estás escuchando, mándame una señal cuando esté en la página 20, linea 6.

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Por curiosidad, voy a ver que coño dicen en la pagina 20, linea 6 de En el país de la nube blanca (pagina y linea completamente dichas al azar, por hacer el chorras con el final de la entrada)

Cito textualmente: (…)colonos descendientes de criminales como en Australia…

Oh, my god! ¡Aleluya, aleluya! ¡gracias por la señal!

Hola, me llamo Pete y soy drogadicto

Presentación
Ni me llamo Pete (qué nombre tan feo, por cierto), ni soy drogadicto. Ni siquiera soy un hombre. Pero yo también me estoy quitando.
Me estoy quitando de la novela negra, criminal, detectivesca, sangrienta, de terror, de fantasmas, de asesinos, de psicópatas, de agresores, de locos, de zombis, de juicios, de cárceles…y aunque sé que hay un mundo de lectura más allá de la negra, nada me gusta lo suficiente.

Mi historia
Todo comenzó cuando, en teoría, no debería haber comenzado: cuando nació mi primer hijo.
No sé que oscura triquiñuela freudiana hizo mi mente pero la maternidad me trajo un ansia de leer asesinatos insólita.

En seguida me di cuenta de que yo era de las sanguinarias. Así pues, las contracciones y los tres días de postparto del hospital de mi primer hijo los pasé con «La danza del cementerio» de Douglas Preston y Lincoln Child y del segundo hijo, dos años después, con «Asesinos sin rostro» de Henning Mankell.
Entre pañales, lactancias y gateos me metí entre pecho y espalda a toda la caterva de autores escandinavos (que saben matar como nadie). No contenta con eso, arramblé con libros de todos los orígenes: chinos, cubanos, españoles, británicos, americanos.
Me daba igual en papel que en Kindle, lo que no me daba igual era el argumento, o había crimen o no me ponía.

El antro donde pillaba
Llegaba a la biblioteca una vez cada diez días aproximadamente. Primero me paseaba despreocupadamente entre mesas atestadas de libros y cajas a medio vaciar de más libros. Mi proveedora particular de novela negra (la bibliotecaria) resultó ser una adicta, como yo. Así que me guiaba entre la mercancía recién recibida y me tentaba a leer decenas de libros que ella ya había leído antes que yo.
La verdad es que siempre tiene buenos consejos lectoriles.

Me solía ir con dos o tres libros pertenecientes a una serie de novelas del mismo autor y sobre el mismo detective.
A los diez días, mas o menos, se repetía el proceso.

Cuando toqué fondo
A comienzos de curso, me apunté a un taller de creación literaria y eso fue el comienzo del fin de mi adicción.
No sé como pasó, pero un día fui a la biblioteca y me sorprendí alargando el brazo para coger «A la sombra del granado» de Tariq Alí.
No lo pude terminar.

Desde entonces he leído cosas de Julian Barnes, Paul Auster, Alice Munro y algún autor más del que no recuerdo su nombre.

Actualmente

Me cuesta leer novelas de ritmos lentos, me aburren una barbaridad. Mi cerebro no computa que no pase algo macabro cada diez páginas, o que no haya un poli o detective asqueado de la vida y medio desahuciado encargándose de un caso, o que no se masque la tragedia cuando el autor comienza a describir la plácida vida de algún personaje.

Asi que, hola, me llamo Senda y tengo un problema.

¡Bienvenida Senda!

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