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Categoría: Real como en las pelis Página 1 de 3

Historias de gusanos

Una fresca tarde de otoño dos gusanos se encontraron sobre la hoja de un platanero. Uno era pardo y flaco, de andares nerviosos y ojos como bolitas de azúcar. El otro era colorido y robusto, más lento y un poco confuso.
Los dos se miraron con aires de grandeza, pues los gusanos son de naturaleza orgullosa y le dan gran importancia al linaje, finalmente el pardo -al que llamaremos Lombriz- suspiró:
-Apártate de esta hoja por favor, estoy muy cansado y no tengo ganas de andar compartiendo sitio. Acabo de pasar por una terrible experiencia y necesito calmar mis atolondrados nervios.

El gusano robusto, al que llamaremos Oruga, hizo un gesto de sorpresa y contestó a Lombriz:
-No eres el único disgustado, yo mismo he temido por mi vida hace bien poco.

Lombriz, demasiado inquieto para escuchar las historias de otros, hizo poco caso de lo que Oruga decía y comenzó su propio relato:
-No se si habrás temido tanto como yo, deja que te lo cuente y saca tus propias conclusiones.

Hace pocos días me disponía a llegar a la copa de un árbol que todavía no había sido azotado por las inclemencias del otoño. Sus hojas eran aun jugosas y verdes aunque, cuando lo toque, sentí la savia deteniéndose en su interior poco a poco, preparándose para el sueño de invierno.
Tenia un buen trecho para subir, así que pensé que mejor ir despacito para no cansarme. Cuando estaba bien arriba vi a una araña haciéndome gestos y me sorprendió, porque ya sabes lo hurañas y ariscas que son, con sus patas me señalaba hacia alguna parte fuera del árbol, hacia el bosque.

¡Imaginate como me quede cuando vi venir hacia el árbol a una humana alta con dos cachorros de esos tan ruidosos que tienen al lado!

La humana decía algo con esa voz atronadora de los mamíferos y abría los brazos. Por un instante pensé que pretendía arrancar el árbol con sus raíces y todo, así que me apresure con toda la fiereza que pude a subir el trecho que todavía me quedaba. La araña se quedo quieta, solo movió una pata pero yo, muerto de miedo, corría que me las pelaba.
Creo que hubo momentos en los que no había ningún anillo de mi cuerpo tocando la corteza.
La tuve muy cerca, no se que prentendía acercándose tanto, pero de pronto se retiro, sin duda algo la debió asustar, algo realmente grandioso y maligno por la cara que puso, aunque en ese tronco solo estábamos la araña y yo. Y bueno, por fin llegue a las hojas pero del susto que llevaba se me cerro el estómago y no pude comer.

Oruga, que había estado escuchando con los ojos como platos, se aclaro la voz:
-Pues debe de tratarse de una conspiración, porque lo que me sucedió a mi, querido amigo, no fue menos bizarro…
Ya ves que estoy gordo, me toca pronto convertirme en una mariposa de otoño y poner mis huevos, así que estuve escogiendo una buena rama para hacer mi capullo.
Me llevo un minuto entero decidirme por un olivo que tenia pinta de centenario, pero quiso la fatalidad que, en ese preciso instante, se me olvidase si tenia que empezar primero el capullo y luego colgarme dentro o tenia primero que colgarme de la hoja y luego tejer el capullo a mi alrededor, así que me dije: «prueba primero una cosa y luego la otra».

Decidí colgarme de la hoja primero y luego tejer, pero enseguida me di cuenta de que era al revés y había escogido mal porque me caí del árbol.
Con el trompazo no entendía muy bien donde estaba, ¡Todo se movía a mi alrededor!. Horripilado, me di cuenta de que había caído sobre la cabeza de un humano que, dio la casualidad, se encontraba bajo el olivo en el momento de mi fatídico intento de hacerme crisálida.
Un tiempo después, que se me hizo eterno, baje como pude de la cabeza hacia los hombros y en ese instante me vieron y unos dedos gordos como las orugas de la patata me cogieron y me pusieron sobre una mesa.

¡Que desasosiego sentí con todos esos ojos posándose sobre mi, con todas esas voces ensordecedoras de los humanos!

Fui cogido otra vez y echado a un sitio con tierra.
Llevo arrastrándome casi dos días hasta que por fin esta tarde, he llegado a esta hoja. Creo que no podre convertirme en mariposa ni poner huevos. Moriré joven como le paso a mi tía bisabuela, Sabina Milpies.

Lombriz exclamó con sorpresa:
-¡Oh! ¿Eres sobrino bisnieto de la legendaria Sabina Milpies Procesionaria Nematodo?
mi abuela me contaba sus hazañas y aventuras. Mi preferida era aquella en la que lidero a un ejercito de gusanos a través de las montañas, ¿como empezaba exactamente?…

-«Corrían tiempos difíciles para los gusanos…-apunto ufano Oruga.

-¡Eso es!. «Corrían tiempos difíciles para los gusanos, el invierno cruel no había dejado ni una hoja…

Lombriz y Oruga permanecieron en esa hoja de platanero un buen rato, relatando aventuras sobre estirpes legendarias pues entre los gusanos es costumbre contarse historias de gusanos y cuando se escondió el Sol, se despidieron y se fueron cada uno por su camino.
Todo quedó en silencio y al cabo de un tiempo, esa misma noche, comenzó a llover.

Soñar es gratis

Relativity de M.C.Escher

Relativity de M.C.Escher

Estamos en una sala, reunidos. Tres tipos que no conozco de nada, una mujer de unos sesenta años y yo. La conversación va de un chico que todos conocemos que puede viajar en el tiempo y va cambiando pequeños detalles de nuestra historia sin que lo sepamos.
A todos les parece la cosa más normal del mundo pero yo estoy indignada.
Les pregunto si les parece bien y como parece que si me enciendo en un discurso inflamado sobre la capacidad de cada individuo sobre elegir sus propias acciones y termino gritándoles «¡¿y que hay del libre albedrío de cada uno de nosotros?!»

Estoy con mi amigo Mac en una ciudad europea (París o Berlin, ahora no recuerdo). Es de noche. Mac lleva un abrigo de paño oscuro. Caminamos en silencio.Todo muy molón y muy friendly si no fuese por el pequeño detalle de que la ciudad está llena de zombis y andamos buscando una armería.

Es la salida del cole, estoy montada en una bicicleta. Uno de los profesores sale y me dice «Tu sillín tiene que soportar muchos gramos de peso por centímetro cuadrado», le miro furibunda y un poco avergonzada «¿Me estas llamando gorda, cabrón?»

Estoy en un edificio viejo. Entro en el ascensor que tiene un ojo de buey por el que se ven los diferentes pisos. Le doy al botón para subir pero, para mi terror, el ascensor comienza un vertiginoso descenso. Por el ojo de buey se suceden pisos y pisos hacia abajo. Finalmente llega al sótano. Por la ventana de la puerta no hay mas que oscuridad. De pronto la puerta se abre y estoy aterrada: sin salir de la cabina miro hacia la mas negra de las oscuridades y siento que ese sótano es inmenso y que hay presencias espectrales esperando a que salga.

Hay alguien en mi casa. Estoy en peligro y en modo pánico. Corro por el pasillo y siento los pasos de otro ser que corre por detrás, alguien cruel y malvado que me matara si me coge. Al final del pasillo está la habitación de mis padres. No puedo para de correr, lo mas importante en ese momento es escapar. Veo la ventana cerrada y en un microsegundo decido que me pienso estampar contra ella, romper los cristales y saltar los ocho metros que me separan de la calle. Pero cuando estoy cerrando los ojos para recibir el impacto, el cristal se convierte en una sustancia blanda que hace una burbuja a mi alrededor y salgo flotando. Estoy salvada.

El mundo ha sufrido una especie de Apocalipsis y hemos vuelto a una prehistoria forzada. Voy descalza por un camino de piedras, llevo un vestido de cuero sin curtir, basto y marrón. Me acerco a un campo de trigo y cojo unos granos en la mano mientras pienso «no será tan difícil volver a empezar».

Doy vueltas y mas vueltas en una habitación sin ventanas, murmuro para mis adentros la misma frase sin parar: «cerilla, cerilla, ¿como se dice?, cerilla, cerilla, ¡venga!, cerilla, cerilla» de pronto paro «¡match!»

Estoy en Edimburgo. El escocés mas buenorro y macizon que os podáis imaginar me tira los trastos. Estoy ufana y me siento la reina del universo. Entonces empiezo a hablar y veo que se aleja. De pronto soy consciente de que estoy soñando y mi cerebro me manda un mensaje conciso «háblale en inglés, zoqueta». Aun sueño muchas noches en ese idioma.

Pues eso, que soñar is free!

Fatal de lo mio

Ayer me desperté la primera. Aún no había movido ni un dedo cuando sentí que los músculos de mi cuello se habían dispuesto en pepitoria y ninguno estaba donde le correspondía.
Me quedé quieta paralizada.
¡Colocaos malditos!
Sabía que si me movía todo se iría a la mierda, pero mi cama estaba atestada de criaturas menores de cuatro años que habían detectado el movimiento de mis globos oculares y comenzaban a moverse.
Puse un pie en el suelo.
¡Ouch!
Puse el otro pie en el suelo.
¡Ay pues no parece para tanto!
Me levante del todo.
y mi cuello sonó como morder un guirlache con hambre

No, si doler, no es que doliera mucho. Lo peor era la rigidez de nuca que me hacia girar todo mi estupendo torso cada vez que me hablaba alguien.
«Es que tengo torticolis, no es que vaya de chula girándome en escorzo»

Después de gastar mal humor, llorar un poco y jurar, decidí interrumpir la apacible tarde de mi amiga Mistress Sancho y sus mellizas y para su casa que me fui con mis tres machotes y mi chulería al cuello.
(Mistress Sancho, además de mi amiga y madre de dos campeonas, es fisioterapeuta)
Un par de horas después nos bebíamos, sentadas en su cocina, el te de la victoria (ella es muy de «a cup of tea?») mientras los tres machotes y las dos campeonas desordenaban concienzudamente los juguetes.

Esta mañana me he levantado temerosa de Dios, «a ver, a ver»
Todos parecen en su sitio.
Eso si, me duele la espalda como si cientos de orcos hubiesen dejado las armas para dedicarse a las tareas agrícolas de trillado y arado.
Pero oídme bien, contracturas miserables, os estoy esperando y, esta vez, estoy lista.

La foto perdida

La imagen muestra un trozo del patio de la casa de mi abuela. En primer plano hay una niña de unos tres años vestida de blanco, sujetando una muñeca. Detrás de ella, en un borroso segundo plano, se ve a una mujer viejisima, sentada en una silla de enea, vestida de negro.
Le llamábamos patio pero era un zaguán. No tenia ventanas, sin embargo le entraba la luz de la calle a través de los cristales que había a ambos lados de la puerta de la casa. Esos cristales eran de color anaranjado y, por un truco de la cámara que captó ese momento, la luz que bañaba el patio de mi abuela era ambarina.
Naranja, negro y blanco.
Casa, anciana, niña.

La niña soy yo. La anciana, mi bisabuela Juana.
Mis neuronas decidieron que ese momento no solo quedara grabado en una foto, sino también en mi memoria.
Mi abuela Juana (pues así la llamábamos) me pedía la muñeca. Supongo que era una de esas bromas que suelen gastar los mayores a los niños: «¿Me das tu pelota?», «¿Me dejas tu bici?».
A mi, Juana me daba mucho miedo. Estaba muy arrugada, siempre llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo y sobre todo, vestía de negro de la cabeza a los pies.
Así que, cuando me pidió la muñeca tuve claro que no solo no se la iba a dejar, es que ni siquiera pensaba acercarme a ella y con el descaro propio de los niños le dije «¡NO!», mientras le giraba la cara.
En ese preciso instante mi padre hizo la foto.
La vieja sentada.
La niña con la cara vuelta.
Y la luz de la calle entrando ámbar por los cristales de la puerta.

No encuentro esa foto.

Un bolo verde

Estoy sentada en el lado presidencial de la mesa. Los demás se distribuyen a los lados y enfrente, en la otra presidencia.
Somos, contándome a mi, cinco personas. Todos adultos.
Es la hora de la comida. Judías verdes con patata. Me ponen un plato. Empiezo a comer en silencio.

La conversación versa sobre las impertinencias que dice la gente cuando alguien fallece, impertinencias en las que, a juicio de los dos comensales que mas hablan, ellos jamás caerían y, por lo tanto, pueden criticar en los demás. A mi tan solo me han parecido frases hechas, muchas veces y verdaderas muestras de afecto y solidaridad, la mayoría.
La soberbia no conoce limites. Ese pensamiento rompe un cristal interior que hasta ahora desconocía que estaba ahí.

Dejo de comer, observo como siguen despotricando sobre este y aquel, como si nada hubiese sucedido, como si esa fuese una comida normal y corriente y de pronto dejo de oír sus voces y los miro como si fuese la primera vez que los veo en toda mi vida.
Sus bocas no son bocas mascando, son fauces devorando.
Sus dedos no son dedos cogiendo pollo, son garras rasgando carne y huesos.
Sus voces no son voces hablando, son graznidos destrozando mis tímpanos.

De pronto me doy cuenta de que no puedo tragar. Un bolo verde de judías se ha quedado en mi garganta y no baja.
El instante dura segundos, me limpio en un papel, escupo un bolo verde disimuladamente, retiro mi plato y me disculpo diciendo que no me siento bien y prefiero no comer.

Ese día, decido que no tragaré más.
Ese día, dejó de gustarme el chocolate

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