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Tradición oral

Bedtime Story de Chris Dunn

…contando una historia que les trascienda, que no sea solo de animales felices que solucionan sus pequeños líos y siguen siendo felices. Tiene que dar un poco de miedo, un poco de pena, un poco de asco y una pizca de risa.
La presentación ha de ser creíble, tienen que sentir que podrían ser ellos, es más, tienen que ser ellos; en forma de duende, de hada, de bicho, pero como ellos: tiernos, amables, inocentes.
El nudo es importante, el villano es importante, la maldad a la que se enfrenten tiene que ser voraz, que se escape a su control, solo así sienten que tienen ante si la gesta mas grande todas, que se pueden convertir en leyendas. Lo malo les supera pero siempre van a poder vencer.
(¿Siempre?)

El desenlace es la mano que les dejara en un puerto soleado y turquesa o en medio de un bosque oscuro y húmedo o en un páramo desolado o en una ciudad bulliciosa. El desenlace es lo mas parecido que les puedes mostrar del futuro y ¿acaso es el futuro siempre soleado?, ¿bullicioso?, ¿oscuro o desalentador?
y como el futuro se escapa también a tu control y lo desconoces por completo en realidad los estarás dejando en el pasado.
Les habrás contado un cuento que ya sucedió y te unirás a ellos en ese pasado que pretendía ser futuro intentando que esa noche tengan sueños bonitos pero eso tampoco lo controlaras y es entonces cuando el cuento habrá germinado de verdad dentro de aquellos que te han escuchado.

No he escrito esto bajo los efectos de un porro, lo juro por el niñito Jesús.
Solo me gustaría que esta noche me contaran un cuento.

Crisis

He llegado a dos conclusiones:
Uno, la crisis de los cuarenta existe y aunque tengo treinta y nueve estoy metida en una centrifugadora industrial desde hace meses.
Dos, siempre estoy de crisis, creo que tengo crisis existenciales desde los cinco años y cada lustro mas o menos me acomete la sensación de ser una partícula en suspensión, o una braga dando vueltas en una lavadora a 1200rpm (o como se diga eso de girar en un sindiós infinito)

No tengo trucos para pasar estas crisis, creo que siempre sera así, no conforme, no serena, al borde del abismo, algunas veces mas lejos pero siempre perfilando el barranco a unos metros de mi. Es una de las sensaciones mas mediocres que existen, no estas mal del todo, a veces se oyen los chasquidos de las cuerdas que te anclan a alguna parte y pienso «ya esta, ahora viene cuando se va todo a tomar por y me hundo»
Nunca sucede eso.

No estas bien del todo. Soy una mosca dándome golpes en una ventana. Una anémona consciente de las paredes de cristal en un acuario demasiado grande para ella.

El geógrafo

En Julio del año 2009 un pequeño bote pesquero que faenaba por la costa de Porto Alegre, al sur de Brasil, encontró flotando a la deriva una botella.

Tal hallazgo no habría sido más que anecdótico si no fuese porque, en el interior de dicha botella, había un papel enrollado y recubierto de una sustancia cerosa e impermeable que se resquebrajó al tocarla.

Se trataba de una carta, estaba escrita en francés y decía así:

Querida Frida,

Me queda muy poco tiempo.

Pronto se terminará el oxígeno y ya no tendré fuerzas para escribirte. Te amo con toda mi alma y estoy profundamente triste porque no voy a conocer a nuestro futuro hijo, ¡que terrible es todo!

Pensábamos que los cálculos del profesor Eckhart eran tan precisos…¡cuan equivocados estábamos!.

No sé donde estoy, en algún lugar de las profundidades, mucho más abajo de lo que habíamos planeado descender. La ultima anotación de coordenadas fue 61º latitud norte 6º longitud oeste, después, perdí la conexión con el buque, el cable telégrafo quedó inservible al llegar a los 4.000 pies…y seguí bajando.

El talud desapareció y como estaba a más de 4.500 pies se hizo la oscuridad más absoluta. Me di cuenta de que algo no iba bien cuando comprobé aterrado que el batiscafo seguía imparable el descenso, ¿cómo podíamos no haber visto en las cartas que se abría semejante fosa a nuestros pies?

El cable no soportó tanta tensión y se rompió. Me estrellé en el fondo con una sacudida y me hice daño en el brazo (el mismo brazo que me rompí montando a caballo en Gante la primavera pasada).

No sé cuanto tiempo llevo aquí. He llorado mucho, mi querida esposa, al pensar en ti, en nuestro hijo, que nacerá tan pronto, en mis padres… ¡Ah! querida Frida, la ciencia, el estudio y la geografía que tantas alegrías me han dado, no me consuelan ahora.

Me pregunto también si Dios estará aquí abajo, en medio de esta oscuridad, de este abismo acuoso ¿qué pensará si me ve? es más, ¿qué verá si mira?

Un diminuto batiscafo, con un hombre asustado en su interior, que utiliza el último hálito de vida que le queda para escribir una carta de despedida a su amada esposa.

He pecado Frida, he pecado de soberbia, de creer que podría domeñar las profundidades marinas y todo lo que en ellas existía y ahora y aquí cumplo mi penitencia, que no es otra que la de permanecer hasta la muerte en medio de tal inmensidad y sentir toda mi pequeñez.

Se acaba el tiempo, la vela que uso para escribir me ilumina y a la vez va consumiendo el mismo aire vital que yo.

Si algún día lees estas líneas es que Dios fue misericordioso y permitió que la botella que protege esta carta pudiese ser expulsada de mi pequeño habitáculo a través de la escotilla por la que se recogen muestras.

¡¡Te amo con toda mi alma Frida!!

Que Dios os bendiga y os proteja.

Edward Opdenacker

Un año y medio antes del hallazgo de la botella, la sonda abisal Prospector, de nacionalidad danesa, finalizaba, sin éxito, su segunda misión, que consistía en descubrir la entrada a la fosa submarina que científicos belgas y daneses, a principios del siglo XX, habían calculado que se encontraba a unos 4.000 pies de profundidad en las aguas del Mar del Norte.

El gobierno brasileño remitió el manuscrito al Instituto Geológico de Bruselas y a los científicos del proyecto Prospector en Copenhague.

Tal descubrimiento fue impactante puesto que el geógrafo Edward Opdenacker había dejado escritas unas coordenadas que nada tenían que ver con las que ellos manejaban en el proyecto.

61º latitud norte, 6º longitud oeste.

Un par de años después de encontrar la botella, la sonda Prospector volvía a penetrar en el océano, al sur de las islas Feroe.

A los cuatro días de haberse sumergido, devolvió la imagen digital de un pequeño objeto, apenas mayor que un ataúd, descansando en el fondo marino a casi 5.800 pies de profundidad.

Después, dejó de emitir señales al buque nodriza y desapareció.

Tres meses más tarde la guardia costera de la ciudad de Porto Alegre, al sur de Brasil, detectó una señal en su sonar.

Prospector había emergido.

Posteriores estudios de todos los datos que la sonda había ido registrando, revelaron que en las capas mas profundas de la corteza terrestre se abría una sima, que comunicaba el planeta desde el círculo polar ártico hasta el sur del continente americano.

Bélgica y Dinamarca aún se disputan la autoría del descubrimiento de la fosa transoceánica Opdenacker.

La carta fue entregada, tras ser restaurada, a los descendientes de Edward y Frida, que iniciaron todos los trámites burocráticos y diplomáticos para recuperar el cuerpo de su tatarabuelo.

Mientras tanto, el pequeño batiscafo y su ocupante permanecen a la entrada de la sima, como el guardián inmortal de una puerta que conduce a lo inmenso, a lo profundo y a lo infinito.

Nada (o «la que has liado, pollito»)

Nada es un libro escrito por Janne Teller. Se lee rápido y admite todas las interpretaciones que tu cuerpo pida.

A partir de ya mismo si eres de los que odian los spoilers sal de aquí porque pienso destripar el libro, interpretarlo subjetivamente y sacarme filosofadas de la manga.

Pierre Anthon es un chico de 13 o 14 años que atraviesa una crisis existencial de nihilismo absoluto y decide picarse las clases de forma permanente. Enfila la puerta del aula y se pira a su jardín a subirse a un ciruelo y a gritotear a todo el que pase y a sus compañeros (en especial a sus compañeros) que nada importa, que nada tiene sentido.
Os podéis imaginar como se quedan sus amigos, críos también de 13 o 14 años, viéndolo ahí subido. Ademas, el cabrito de Pierre Anthon adereza sus soflamas nihilistas a ciruelazos y escupitajos contra los que están en la calle. El chico se empieza a cavar su propia tumba desde la primera ciruela.

Al principio, sus compañeros lo intentan convencer de que piense otra cosa y baje de ahí, argumentando no se muy bien qué, pero acaban a insultos y desprecios porque el del árbol esta erre que erre con su enjundia mental.
Total, que a los pobres amigos no se les ocurre otra cosa que poner entre todos cosas que realmente les importan, con la absurda idea de que si entre todos juntan un montón de objetos que les importan a cada uno y consiguen que Pierre Anthon vea esa montañita de items, lo convencerán de que sí que hay cosas que tienen significado.

Podrían haber pasado de Pierre y seguir con sus vidas adolescentes, su instagram, sus espinillas y sus cositas, pero no.

Podrían haber pensado que quizás una vehemencia como la de su amigo no se solucionaría con un puñado de cosas materiales y que deberían apelar a otro tipo de importancias, como el vinculo, los sentimientos, el arraigo…la mera existencia, pero no.

Podrían haberle dado la razón a Pierre Anthon y terminar el libro con un «fueron felices y comieron perdices», pero no.

Se ponen a dar cosas que les molan mogollón, al menos al principio.  Unas sandalias, una bici, unos cromos…pero en algún momento la cosa se enturbia y empiezan a entregarse: ataúdes desenterrados, virginidades, hamsters muertos, dedos amputados…por el camino matan a un perro que también echan al montón para que se vaya pudriendo…
Ahí uno ya ve que se masca la tragedia porque eso no puede acabar bien.
A estas alturas uno ve también que, para sus compañeros, Pierre Anthon es el puto amo, el lider más pro, el guru bendito porque montan un lio nivel Dios solo para sus ojos.

Pasan mas cosas, se hacen famosos y un museo les compra el montón de significado porque lo considera arte. Salen en las noticias y Pierre Anthon lo ve y ¿os creéis que cambia de opinión?
Tururú.

Luego no recuerdo muy bien que pasa pero se reúnen todos alrededor de su montón de, a estas alturas mierda podrida, y se ponen a discutir y pasan a las manos. Una de las chicas corre a buscar a Pierre Anthon a decirle que vaya porque se están peleando todos y el chico no se lo piensa dos veces y baja como el rayo (querido Pierre Anthon, ¿ves como lo que a ellos les suceda sí que te importa?)

Momento final, confrontación máxima. Pierre Anthon ve in situ el montón de significado y se les ríe en la cara, por pardillos.
A estas alturas algunos de ellos ya se les ve que están de psiquiatra y ¿que ocurre?, que linchan al pobre chaval, lo despedazan, literalmente lo rompen.
Lo matan.
Prenden fuego al almacén y al montón de significado y consiguen librarse porque parece un accidente.

Pierre Anthon muerto. Alguna chica internada en un psiquiátrico y los demás convencidos de que la culpa fue del chaval por que les arrebato el significado y con eso no se juega.

Sin embargo pasaron por alto que, tuviera significado o no, los unos a los otros- incluido Pierre Anthon- se importaban.

Mas les valía haberse ido todos junticos de botellón.

El otro día, dando un paseo, llegue a la cima de una montaña que se erigió de la nada en el principio de los tiempos, allá por la era cuaternaria o mesozoica, algo así.
La montaña tenia su enjundia, considerada por muchos la cima mas antigua del mundo, había sido elegida por un grupo de filósofos que se habían retirado allí para la observación silenciosa del paisaje, la meditación sobre la condición humana y el debate de Gran Hermano VIP.

Como estaba cansada de la ascensión al pico me senté en un pedrusco, un poco apartada y les pregunte si alguna vez sentían que llegaban a algún tipo de conclusión trascendental.
«Jamás»
«Siempre»
«A veces»

Pues hay que joderse, pensé.
Luego les pregunte por las filosofas y me dijeron que estaban lavando la ropa.
La misma historia de siempre.
Había un árbol caído al lado de donde estaba. Cogí un leño y me imagine que les reventaba la cabeza a todos.
Asombrada de mi propia violencia hui montaña abajo. No me despedí ni nada. Cuando iba por la mitad y ya empezaban a aparecer los árboles perennes oí una voz en mi interior: «¿Adonde vas ignorante? ¿Acaso no ves que no puedes huir de ti misma?»
¡Anda!, pues es verdad.
Así que me pare con el corazón al borde del colapso y cuando me hube repuesto baje hasta el valle dando un paseo.
Soplaba el aire y hacia sol.
Ropa tendida ondeaba a mi paso.

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