Llego. Aparco. Saco del coche carro, abrigos, zarrios varios y niño, en ese orden de tetris puro.
Lo coloco todo de forma que con una mano manejo todo el listado anterior y con la otra miro la dirección en el móvil. He estado allí decenas de veces pero siempre hay que recordarme el portal y el piso.
Llamo al portero y por un instante tengo la escalofriante sensación de que Adler seguirá insertada en su cama, durmiendo el sueño de los justos y que me recibirá con su eterna voz de drag queen resacosa.
Me abre, subo en ascensor al cuarto. En el rellano suena una aspiradora a todo aspirar, parece que no estaba durmiendo, son las 11 de la mañana. Adler ha debido madrugar para limpiar.
Me abre en pijama, su voz ya se ha templado seguramente gracias a un cafetazo noir y dos o tres pitillos.
Nos abrazamos, nos reímos, apaga el aparato infernal y coge en brazos a Pequeño que despliega todos sus encantos de bebe de 10 meses.
Prepara otro cafetazo, nos lo tomamos. No paramos de hablar. Con Adler hablo de todo y cuando digo de todo, me refiero a de todo.
Decidimos irnos de parrandeo, baby included, por supuesto. Se encierra en sus aposentos y, contra todo pronostico, sale a los 10 minutos vestidisima, peinadisima y maquilladisima. Yo me cuelo y como hay confianza, me pongo a husmear sus potingues, me echo una crema anti age de la marca guachifri que seguramente le ha costado mas de lo que yo me gasto en cremas de cara en una década, huelo sus colonias, me pruebo otros tantos perfumes («te has echado ambientador, nena» me advierte con su voz dragqueenesca), destapo cremas y serums y vaporizadores varios en una orgía cosmética sin parangón.
Seguimos sin parar de hablar, del amante de su tía la del pueblo, de las bodas por compromiso, del precio de las mandarinas y de la receta de pastel de salmón que Adler, pese a ser medio analfabeta cocinando, domina a la perfección.
A esas alturas Pequeño duerme, arrullado por una cháchara loca.
Adler va pitita total con sus botas altas de piel, vaqueros mega estrechos, abrigo oscuro y sombrero de fieltro sacado de el tiempo entre costuras. yo voy mas «casual» aunque a su lado lo mio es homewear. Mi maquillaje: cacao de labios y porque lo tenia en el bolso casualmente.
Comentamos todo lo que vemos, le sacamos punta a la gente, rajamos como marujas desbocadas. Es divertidisimo.
Me lleva a tomar una caña por el casco viejo, al bar de un ex. Adler tiene la maravillosa capacidad para seguir siendo amiga de sus ex haya pasado lo que haya pasado.
Uno de los camareros es guapo, me entretengo contemplándolo mientras la saluda. Del ex, ni rastro.
Pequeño dormita en la mochila colgado de mi espalda.
Luego callejeamos por San Pablo.
Adler en San Pablo pega lo mismo que Dinio en la facultad de ciencias pero ella camina ufana y contenta, le gusta ese barrio lleno de gente de otras partes, carnicerías halal, cererías, cesterías,tiendas de artesanía y locutorios.
Compramos comida para llevar en un local árabe, el nombre del guiso no lo recuerdo pero viene a ser lo mismo que el típico estofado de ternera. Adler saluda y se despide en esa lengua, para gran regocijo de los cocineros y de dos solitarios clientes sentados en una mesa.
De vuelta a su casa atufamos el tranvía con el olor del plato que se ha abierto en la bolsa. Adler se avergüenza un poco de ir desprendiendo aromas de cocina moruna en el transporte publico, a mi me da igual.
Cuando llegamos, Pequeño ya manotea a mi espalda y me arranca pelos del cogote, su deporte favorito cuando lo llevo en mochila y se aburre.
Comemos en su terraza cubierta, «el invernadero» como ella lo llama a veces. Pequeño gatea de aquí para allá, comiéndose un trozo de pan y tierra de una maceta yerma donde tiempo atrás Adler intentó cultivar con inútil ahínco un limonero.
Llega el final de mi visita. Otras ocupaciones me reclaman y a ella también.
Adler me acompaña hasta el coche, es una mujer atenta.
Nos despedimos con un abrazo y dos besos.

Conduciendo a casa pienso que haría buena pareja con Sherlock Holmes, decido llamarla Adler.