Escalera_maestraEl primer recuerdo que tengo de Mac es de parvulitos.
Los dos estábamos castigados por alguna tropelía absurda que habíamos cometido por separado.
Él, a un lado de la pizarra, en el rincón. Yo, al otro lado de esa misma pizarra, en el rincón de enfrente.
Mac lloraba. Yo estaba furiosa con la estúpida de la seño.
Mac tenía cinco años y llevaba una bata de cuadros blanca y azul. Yo cuatro y vestía una bata de cuadros blancos y rosas. Creo recordar, de forma muy vaga, que Mac llevaba ese día botas de agua (a mi, de pequeña, me chiflaban los zapatos de charol, las botas de agua y los paraguas de plástico transparente) o, a lo mejor, la que llevaba botas de agua era yo.

De pequeña nunca fui amiga de Mac, tampoco fuimos enemigos. Sencillamente el iba con sus compañeros de clase que eran un curso mayores y yo, con los mios.
Mac y yo nos hicimos amigos en la adolescencia, cuando llevarse un año deja de ser un handicap y se empiezan a formar las primeras pandillas.

Mac vivía con su familia en una casa enorme, de esas que tienen tropecientas habitaciones distribuidas en pisos, subpisos, sótanos y graneros. Una de esas casas llenas de vigas, columnas, escaleras y puertas que llevan a habitáculos llenos de cosas.
A mi me gustaba como olía su casa. Una mezcla a ropa limpia y manzanas.

Era muy suyo. Recuerdo ir a buscarlo para dar una vuelta en bici; primero llamabas al timbre, luego esperabas un par de minutos laaargos hasta que oías una puerta que se cerraba dentro, después escuchabas como alguien bajaba al trote por esas escalinatas, finalmente se descorrían los cien cerrojos del portón de madera de la calle y, con un crujido, se abría la puerta, por la que Mac asomaba su cabeza. Nunca te recibía sonriendo.
-¿Vamos a San Gregorio?
-No puedo, tengo que hacer cosas
-¿Que cosas?
-MIS cosas
Durante un tiempo le estuve insistiendo para que confesara que asuntos misteriosos se traía entre manos pero Mac nunca dio su brazo a torcer.
Me lo imaginaba (y me reía de él por ello) con una bata blanca, construyendo al jovencito Frankenstein en su sótano, esperando el relámpago perfecto para darle vida.

A pesar del ostracismo en el que se sumía a veces, nos reíamos mucho. Porque Mac necesita reírse como el respirar y yo, en aquel entonces, era muy gansa.

Con él nunca sabias si le molestabas o no, así que lo mejor era ir a tu rollo y dejarle en paz. Lo que no le gustaba lo odiaba con una intensidad casi pueril y lo que le gustaba permanecía preservado en su fuero interno, alejado de miradas reprobatorias y de comentarios incisivos.
Mac ponía mucho empeño en mantener bien escondido su mundo interior.

Y como este es mi blog y no me comenta ni cristo y no se ver las estadísticas (adivino uno o dos lectores por post) lo dejamos aquí, así de sopetón.